~Anónimo
1
Yo vide llorar a un hombre
preso por una mujer
con unos pesados grillos
que no se podía mover.
El león en su tribunal
mandó que echaran prisiones,
y entre dos o tres ratones
llevan preso a un gavilán;
al llegar, con gran afán
le dicen: –Diga su nombre,
no se espante ni se asombre,
entre pues a la capilla.
Entonces dijo una ardilla:
—Yo he visto llorar a un hombre.
Llevan a un pato lloroso,
todo lleno de conflicto,
a compurgar un delito
en oscuro calabozo.
Llora un conejo piadoso
que le daba de comer,
y entonces le vino a ver
a la puerta un jabalí,
que también estaba allí
preso por una mujer.
Había varios zopilotes,
gallinas y guajolotes
presos y embartolinados;
había sapos engrillados,
había lobos y coyotes,
osos, trigres y zorrillos,
entre ellos dos armadillos,
una zorra, un tlalcoyote
y un pobrecito ajolote
con unos pesados grillos.
Un cuervo era el presidente,
que la echaba de mandón;
la hormiga era allí el soplón
y el perico su asistente;
la garza era el intendente
que estaba con gran placer
viendo a un mono padecer
metido en tan grandes penas,
con unas gruesas cadenas,
que no se podía mover.
2
Una gallina pintita
se hallaba allí separada,
porque mató a un gorrioncito
que era su prenda adorada,
y una ardillita acostada
que se había hecho de nombre
le dice a un caballo pinto:
—De verme así no se asombre,
que como a los animales
he visto llorar a un hombre.
Llevan preso al elefante
junto con otro armadillo,
y para limpiar su ropa
pide le den un cepillo.
Entonces un gallo pillo,
que no tenía qué comer,
a un pobre burro decía:
—Amigo, no hay que temer,
yo también me encuentro aquí
preso por una mujer.
A un guajolote canelo
entra un padre a confesar
y va a hacer su testamento,
pues lo van a fusilar;
ya lo van a encapillar
en unión de dos ardillos;
le remachan las esposas
al golpe de dos martillos,
y los pies les aseguran
con unos pesados grillos.
Una iguana muy llorosa
no halla alivio en su penar,
porque toditos sus bienes
se los quieren confiscar;
a un armadillo va a hablar
que la vaya a defender;
pero no encuentra abogado
que el negocio quiera hacer,
y queda de tanto andar,
que no se podía mover.
En: Vicente T. Mendoza, Glosas y décimas de México. FCE, México; 1ª. edición, 1957; 1ª. reimpresión, 1979.