~Alfredo R. Placencia
I
Es Viernes Santo.
Enfermo está en Amatitán,
Pero no de cuidado, el pobre capellán.
El pobre no ha podido, aunque bien lo quisiera
–porque le pide a gritos el pueblo sanguinario,
que, como en todas partes, el Nazareno muera–,
ni con cajones viejos simular un calvario,
ni fingir la agonía de un Cristo de madera.
Y hay su alarma en el pueblo.
La puerta del zaguán
del que llaman curato está toda invadida.
Andan todos los indios que vienen y que van.
Temen que el Nazareno vaya a salir con vida
por las delicadezas del padre capellán.
Y este pobre, ni modo de apaciguar la gente
que con ruegos injustos lo azozobra y abruma.
Por única respuesta, a cada impertinente
vuélvele las espaldas, déjalo en el batiente
y fuma, fuma, fuma…
–Ve y habla por teléfono, hermano sacristán.
Avisa al señor cura de lo que el pueblo quiere.
Dile que estoy enfermo y que si no se muere
hoy mismo Jesucristo aquí, en Amatitán,
me linchan, que no hay duda; y que me considere.
II
Ha desleído el día
su crepúsculo rojo tras la azul lejanía.
Al matar el crepúsculo sobre las recias cumbres
del Tequila soberbio sus postrimeras lumbres,
pensativa la noche sus milagros despierta.
Como que las amargas memorias dolorosas
de Jesús Nazareno
andan sobre las cumbres,
ruedan sobre las almas, pesan sobre las cosas.
Era Jesús tan bueno…
III
Han llamado a la puerta.
–Corre, buen sacristán.
Si son del señor cura esos golpes que dan
a la puerta, por miedo de un tumulto, cerrada,
tu matraca procura, la primera llamada
ve a dar por los pretiles, como para el rosario;
junta cuantos cajones halles a la pasada
y con alfombras viejas ve parando un calvario.
Ciertamente la hora es ya muy avanzada,
pero pienso dos cosas para mí: la primera
es que aplaco a esas gentes con que haya el cataclismo,
y otra es que las horas para que el Cristo muera
son iguales; la muerte le ha de doler lo mismo.
Bájate los profetas. Ni uno se quede arriba.
Pon un indio de tantos a que te los reciba,
y… vamos, sacristán.
Si no hacemos la cosa muy atroz y muy viva,
puede no muy bien irnos en este Amatitán.
IV
Fue quien llamó el apóstol párroco de Tequila.
Viene, en verdad, cansado;
pero tiene el buen hombre la conciencia tranquila,
como que el Cristo suyo quedó a tiempo matado.
El calvario está hecho con pedazos de alfombra,
y ramas de eucaliptos y piedras y cajones.
Hay dos palomas tristes dormidas en la sombra
y el Cristo está en el centro con su par de ladrones.
Y ha de expirar el Cristo según lo hemos hablado;
y hay seis mozos de acuerdo, para cuando esto sea,
en poner mucho asombro sobre el monte sagrado
con estruendos de botes y fogatas de brea.
–Sacristán, buen amigo que haces de campanero:
da la llamada última, búscate la matraca.
Ya verás con tus ojos cómo la grey se aplaca
con sonar ese palo que diz que es plañidero.
V
El padre Luis, que mira con sus ojos de santo,
halló funesto el monte del que yo me he reído,
con la sangre del dulce Nazareno teñido
y ebrio de dolorosa soledad y quebranto.
Mira el cuadro de inmenso dolor, y mira tanto
al Nazareno inerte de la cruz suspendido,
que antes de hablar palabra tiene todo movido
al pueblo que su culpa vino a ver con espanto.
Y abre al cabo la boca donde puso sus hieles
no sé yo qué otro justo del Císter o del Yermo;
y habla de los azotes tanto, y de los cordeles,
que Amatitán estuvo por mucho tiempo enfermo
de la pasión de Cristo.
Y al igual que los fieles,
siento yo desde entonces que ni río ni duermo.
Alfredo R. Placencia (mexicano; 1875-1930). En: Antología poética. Introducción de Alonso Gutiérrez Hermosillo. Ediciones de la Universidad Nacional Autónoma. Imprenta Universitaria, México, 1946.