Vallejo (Horario de verano)

Trilce, LIII

       ~César Vallejo

       Quién clama las once no son doce!
Como si las hubiesen pujado, se afrotan.
de dos en dos las once veces.
       Cabezazo brutal. Asoman
las coronas a oír,
pero sin traspasar los eternos
trescientos sesenta grados, asoman
y exploran en balde, dónde ambas manos
ocultan el otro puente que les nace
entre veras y litúrgicas bromas.
       Vuelve la frontera a probar
las dos piedras que no alcanzan a ocupar
una misma posada a un mismo tiempo.
La frontera, la ambulante batuta, que sigue
inmutable, igual, sólo
más ella a cada esguince en alto.
       Veis lo que es sin poder ser negado,
       veis lo que tenemos que aguantar,
mal que nos pese.
Cuánto se aceita en codos
que llegan a la boca!

 

César Vallejo (peruano; 1882-1938). En Trilce. Edición de Julio Ortega. Cátedra, Madrid, 1993. [Ortega incluye esta interpretación de un experto en Vallejo, James Higgins: “En el poema las leyes naturales que controlan la vida del hombre están tratadas en forma abstracta. Así, en la primera estrofa tales leyes se manifiestan en la marcha inexorable del reloj. La pregunta inicial plantea, como una verdad que nadie se atrevería a refutar, la proposición que ‘las once…no son doce’, en cuanto desde el primer momento es el destino de cada hora ir acercándose a la próxima hasta transformarse en ella. Esta idea es desarrollada en la segunda oración que parece referirse a las dos manecillas del reloj: a las 11 éstas señalan el 11 y el 12 respectivamente y luego, en una confrontación parecida a una subasta donde dos rivales van aumentando su oferta, la manecilla corta avanza conforme la larga pasa de numeral a numeral, hasta que ambas coinciden en el 12. Así, la estrofa destaca el dominio del tiempo en la vida del hombre”. Por otro lado, hace años, antes de que existiera en México el horario de verano, el bloguero encontró lo siguiente en una de las Crónicas. Tomo II. 1927-1938 (UNAM, 1985) que César Vallejo escribió, fechada “mayo de 1927”. Empieza: “Los periódicos de París anuncian para esta noche el cambio de hora de la situación. Hoy empieza el horario de verano. L’Intran dice en su primera plana: ‘Esta noche, a las once serán las doce’. Y un amigo mío… me llama la atención hacia el hecho de que los términos en que L’Intran anuncia el nuevo horario de París, le traen a la memoria un extraño poema de mi libro Trilce, donde hay un verso que dice: ‘¿Quién clama que las once son las doce?’ –He aquí—sostiene mi amigo—que el verso de usted va a realizarse esta noche en París. A las once serán las doce. Es decir, las once serán contadas por doce. ‘¿Qué hora es?’, preguntaremos a cualquier transeúnte y éste nos responderá, muy seguro de lo que dice: ‘Son las once o, lo que es igual, las doce de la noche…” Vallejo cambió el verso para que se ajustara con el cambio de horario o porque quiso “traducirlo” o “aclararlo”. Vallejo abunda: “Sin duda alguna, hay versos en ese maldito Trilce que, justamente por derrengados y absurdos, hallan su realización cuando menos se espera. Son realizaciones imprevistas y cómicas, pero espontáneas y vitales. Aquello de que esta noche las once sean doce en París, no puede ser más cierto y viviente. Aquél que no acepte esta nueva verdad matemática de que once son doce, tendrá que vérselas esta noche con mil castástrofes personales. Porque bueno es que se sepa que sin el reloj –solar, de arena o de metal—nada es posible en este valle de lágrimas. Una persona sin reloj, no vive en regla con su destino. Aun más allá de la tumba, impera un horario. La muerte misma lleva reloj y sujeta sus actos de muerte a la medida del tiempo, porque la Muerte, para matar tiene que estar dentro de la disciplina del reloj; en caso contrario sería una Muerte que no mata”. En otro texto Vallejo llamó a tales coincidencias “premoniciones” o “profecías de la poesía”].

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Publicado en: Poemas