Va Chilapa rezando

       ~Alfredo R. Placencia

Va Chilapa rezando
en un tiempo en que nadie rezaría.
Se le ha muerto una monja, sor Eulalia,
que acá, en el siglo, se llamó Cristina,
y la va a sepultar.
Llevan las gentes
en las manos las ceras encendidas,
la oración en la boca, y en el alma
el supremo dolor de la agonía.

Yo conocí esa monja
desde pequeño, yo, y ella muy niña.
¿Cómo no conocerla si, en un tiempo,
chupábamos los dos de unas mamilas?

Allá va la difunta…
allá van las discípulas
con manojos de lirios en las manos
y cambiadas de blanco
se diría
que han reventado un nido,
al pasar el dolor, y que se agitan,
en desconcierto amargo, tras el féretro,
las palomas caídas.

Allá va la difunta.
Allá van las discípulas.
Mucho clero, detrás, le va rezando,
y hasta gentes que no la conocían.

Detenedme esa caja;
quiero hablar con Cristina.
Bien será que sepáis que en otro tiempo
chupábamos los dos de unas mamilas.

Hagan “alto” las gentes;
que se paren el clero y las discípulas.
Detenedme esa caja…
Quiero hablar con Cristina.

Abrió la catedral sus amplias puertas.
El Cristo magro asómase y divisa
desde la cruz, a que enclavó su pena,
si llegan ya la monja y las discípulas.

Las naves tienen mucha luz, que alumbra
la inmaculada pira
que coronaron de azucenas blancas
y de lirios de nieve y margaritas.

El órgano ¡quién sabe
qué ofertorios tristísimos registra!
Y arriba, sobre el viejo campanario,
mientras las gentes rezan, conmovidas,
están tocando a “gloria”
la campana mayor y las esquilas.

……………………………….

Chilapa va pensando por las calles…
Va toda pensativa.
Se le ha muerto una monja y piensa cómo
dará al hermano ausente la noticia.

El poeta está lejos.
Cuando llegue
 a sus manos la pálida misiva,
habrá envuelto la tierra a sor Eulalia,
a la buena Cristina.

Para que oigáis mi grito,
sosegad un momento las esquilas
que están tocando a “gloria”
en la torre viejísima.
Que se pare la turba, que hagan “alto”
el clero y las discípulas.
Debo hablar con la muerta
que, al tiempo de arrancarse de la vida,
dejó bien apagada y para siempre,
la última luz que en mi desierto ardía.

Alfredo R. Placencia (mexicano; 1875-1930). En: Poesías. Recopilación de Luis Vázquez Correa. Casa de la Cultura Jalisciense, Guadalajara, 1959. [Este poema fue parte originalmente del libro Del cuartel y del claustro (1924) cuyos poemas están dedicados casi en su totalidad a los hermanos muertos de Placencia, Sor Eulalia, y el soldado Higinio, “el benjamín mimado de mi madre”.]

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Publicado en: Poemas