Un hombre

       ~Jiri Wolker

Fue en medio de la noche
cuando el huracán irrumpió en su corazón;
antes de que él pudiera levantar sus brazos marchitos,
el huracán se puso a desenraizar su corazón,
y ese corazón de roble, ese gran corazón,
con sus setenta y cuatro años —setenta y cuatro ramas—
se volcó sobre su cuerpo y su cuerpo cayó a tierra.
En medio de la noche,
acribillado por las estrellas de las heridas, cambiándose a sí mismo en noche,
yacía en el suelo, impotente, y sin embargo un hombre todavía;
no gimió, no gritó, no hizo ningún llamado
para no despertar, para no asustar
a sus nietos que dormían en el cuarto contiguo.

No es de un solo golpe que un árbol cae bajo el impacto del huracán,
no es de un solo golpe que un corazón cae bajo el impacto de la apoplejía.
Lo hallaron en la mañana, lo colocaron en el lecho
y fue así como nos encontramos por última vez,
mi abuelo querido.

Aquel día, tus ojos grises tan tristes, tus ojos que volaban
me llamaban desde lejos, querían decirme algo.
Aquel día comprendí que las palabras de este mundo
son demasiado pesadas para un pájaro que asciende hacia las nubes,
y sin embargo apreté tu mano, deseando
que la vida fluyera de mi mano a tu mano,
quería darte de esta sangre de que tengo henchidas las venas
para que te sentaras en tu cama y me hablaras.

Pero tus manos humildes como un pequeño crucifijo roto,
tus manos que no se dejaron servir mientras servían a diestra y siniestra,
no aceptaron mi sangre, y en esa hora comprendí
que aquel que deja la vida no puede sino darla.
Fue mi mano la que aceptó, fue la tuya la que dio
y tus últimas fuerzas volaron como chispas eléctricas.

En el cuarto, en lo alto de la ciudad, en un ataúd abierto
hoy, abuelo está tendido, endomingado, tieso,
coronado de ramilletes ofrecidos por sus hijos y nietos.
Por encima del cadáver miro la ventana.
El muerto se llamaba Jiri: yo también me llamo Jiri.
El muerto fue un hombre: ¿yo también llegaré a ser un hombre?
Cuando el eterno huracán se apoye en mi corazón,
cuando haya desarraigado mi corazón, cuando me haya clavado en la tierra,
¿conservaré la fuerza que este muerto me ha dado
para morir como él, sin llamar en la noche,
en esa noche inmensa, enigmática y simple
en que un anciano muere, en que un niño cree en sueños?

 

Jiri Wolker (checo; 1900-1924). En: Fayad Jamís, Abrí la verja de hierro. Instituto Cubano del Libro, La Habana, 1973.

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Publicado en: Poemas