Teoría filantrópica (fragmento)

       ~Charles Baudelaire

Conforme entraba en una taberna, un mendigo me tendió su sombrero, con una de esas miradas inolvidables que derribarían los tronos si el espíritu removiese la materia y si el ojo de un magnetizador hiciese madurar las uvas.

Al mismo tiempo oí una voz que me cuchicheaba al oído, una voz que reconocí con toda claridad; era la de un Ángel bueno, o la de un Demonio, que me acompaña por doquier. Puesto que Sócrates tenía un Demonio bueno, ¿por qué no tendría yo un buen Ángel y por qué no habría de tener, como Sócrates, el honor de obtener mi certificado de locura, firmado por el sutil Lélut y por el avispado Baillarger?*

Entre el Demonio de Sócrates y el mío existe la diferencia de que el de aquél sólo se le manifestaba para prohibir, advertir e impedir, mientras que el mío se digna aconsejar, sugerir y persuadir. El pobre Sócrates sólo tenía un Demonio censor; el mío es un gran afirmador, un Demonio de acción o un Demonio de combate.

Pues bien, su voz me susurraba esto: “Sólo es el igual de otro quien lo demuestra, y sólo es digno de la libertad el que sabe conquistarla”.

Inmediatamente salté sobre mi mendigo. De un solo puñetazo le hinché un ojo que, en un segundo, se infló como una pelota. Me partí una uña al romperle dos dientes, y como no me sentía con fuerza suficiente, al haber nacido delicado y al haberme ejercitado poco en el boxeo, para apalear rápidamente a aquel anciano, le cogí con una mano por la solapa del traje, y con la otra le agarré del pescuezo, golpéandole fuertemente la cabeza contra una pared. Debo confesar que, previamente, había inspeccionado de una ojeada a los alrededores y comprobado que, en aquel desierto suburbio, me encontraba por tiempo suficiente fuera del alcance de la policía.

Finalmente, como había derribado a aquel viejo sexagenario de una patada con la fuerza suficiente para romperle los omóplatos, cogí una gruesa rama de árbol que andaba por tierra y le golpeé con la obstinada energía de los cocineros que quieren ablandar un biftec.

De súbito —¡oh milagro, oh placer del filósofo que verifica la excelencia de su teoría!— vi cómo aquella vieja carcasa se volvía, poníase en pie con una energía que nunca hubiera sospechado en una máquina tan singularmente desvencijada, y con una mirada de odio que me pareció augurar algo bueno, el decrépito vagabundo se arrojó sobre mí, me hinchó los dos ojos, me rompió cuatro dientes y, con la misma rama, me sacudió leña en abundancia. Así, pues, con mi enérgica medicina le había devuelto el orgullo y la vida.

Le hice entonces enérgicos signos para que comprendiese que consideraba terminada la discusión y, levantándome con la satisfacción de un sofista del Pórtico **, le dije: “Señor, ¡es usted mi igual! ¿Quiere hacerme el honor de compartir mi bolsa?; y si es usted realmente filántropo, recuerde que es preciso aplicar a todos sus cofrades, cuando le pidan limosna, la teoría que he tenido el dolor de ensayar sobre su espalda”.

Me juró claramente que había comprendido mi teoría y que obedecería mis consejos.

 

Charles Baudelaire (francés; 1821-1867). En: Pequeños poemas en prosa / Los Paraísos Artificiales. Edición de José Antonio Millán Alba. Ediciones Cátedra, Madrid, 1986. Y en: Lapham’s Quarterly, Philantropy, verano 2015. [El título del poema des del editor del blog; se llama, en la traducción de Millán Alba, “A los pobres, ¡matémoslos a palos!”. El poema fue rechazado por la Revue Nationale en 1865. Sólo se publicó póstumamente a la muerte de Baudelaire.]


* Lélut y Baillarger: reputados psiquiatras que dieron a entender que Sócrates estaba loco. En 1863 Lélut publica su obra Du Démon de Socrate, spécimen d’une application de la science à celle de l’histoire.

** Baudelaire parece confundir aquí al Zenón fundador del estoicismo con el Zenón de Elea.

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Publicado en: Poemas