Sueños inmóviles con rastro de cabellera

       ~J. V. Foix

A Pere Gimferrer

Que de cuando en cuando el mar tiene apariencia de sólido, más de una vez lo hemos visto y comprobado. Recuerdo aquel día en que rodeados de fuego y humareda, mientras bogábamos indolentes por los escollos de Cala Torta, la barca y los remos encallaron en un escollo que desconocíamos. Distraídos buscando gumías, cuchillos y otros restos del tiempo de la piratería –en el vientre de las olas cuando desfallecen y espuman–, no nos habíamos percatado de que el mar se endurecía. Tampoco habíamos advertido que el Sol, de un rojo insurgente, modificaba el color de los farallones y de los peñascos, y que la sombra de los cuerpos se sesgaba de tal modo que no resultaba nada fácil acertar la hora. Nos sentimos detenidos en un mundo encantado. La mar era un cristal grueso sin grietas ni roturas. No sabíamos qué hacer, cuando descubrimos que todo era un arenal, desde la costa hasta la línea del horizonte, y que nosotros y la embarcación nos hallábamos en tierra compacta, a inmensa distancia del mar que habíamos surcado ruidoso. Nuestras sombras se proyectaban invertidas, como si el Sol estuviera en levante. Todavía recuerdo las fatigas que pasamos para volver a casa, a pie, cargados con la barca y los remos. Pero que, hoy, un mar lívido y exangüe –como los labios de Camila en los confines del placer—poco a poco lleve a la playa y a las calas extrañas raíces erectas de mal describir, pájaras disecadas con los ojos desvelados, gruesas letras del alfabeto, impúdicamente alineadas como en los titulares de un diario vespertino, ropas libertinas mezcladas con pajas y musgos, singulares estrellas de mar agresivas, y sueños inmóviles, con rastro de cabellera, me fascina y me espanta.

J. V. Foix (catalán; 1893-1987). En: Enrique Badosa, Antología de J. V. Foix. Plaza & Janés, Barcelona, 1975.

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Publicado en: Poemas