~Ramón López Velarde
(Fragmento)
Yo, en realidad, me considero un sacristán fallido. En mi quiebra matizo la Semana Mayor con mi violín jornalero. Y recuerdo los jueves en que Matilde, que era alta como una buena intención, glacial como los éteres, blanca como un celaje de plenilunio y fértil como un naranjo, lucía, por la breve ciudad, su mantilla y su cintura afable. Matilde visitaba los Monumentos. La patricia negrura de su traje frecuentaba los templos en el día eucarístico. Mi punible promiscuidad asocia siempre a Matilde con las palabras de la Cena: “He deseado ardientemente comer esta Pascua con vosotros”. (¡No poder citar en latín, para que no me juzguen pedante!) Porque la ciudad era espléndidamente solar y porque las señoritas de rango que poblaban sus calles vestían de tiniebla ritual, aquellos Jueves Santos sugeríanme una espaciosa moneda de plata manchada de tinta.
Matilde, gota de tinta, celaje, éter, naranjo, buena intención; yo sé que hoy penas, desterrada y alcanzada de dinero, y sin temor a convertirte en estatua de sal vuelves la cabeza al predio vernáculo. En la Semana Mayor de tu destierro, para consolarte, yo te ofrecería, en la palma de la mano, una reducción de la moneda de plata manchada de tinta. Como las aldeas microscópicas que, edificadas en un cartoncillo, halagan el instinto de posesión de los niños.
Los Viernes Santos, en torno de la Cruz viuda, con sábana o sin ella en los brazos, según la exégesis de los capellanes, apretábanse, compungidas, las gotas de tinta sin que la compunción les estorbase soslayar a los novios. Por las vertientes del Calvario ascendían las almas de la Agua Florida, de la Agua de Colonia, de Las Flores de Amor… toda la perfumería bonachona que duerme un año para desperezarse en la ceremonia del Pésame. ¡Ceremonia patibularia, contrita, perfumada y amatoria!
Matilde se casó. Si antes la califiqué de glacial, es porque me helaba su talle fugitivo, como los éteres al evaporarse. Pero pocas personitas he conocido tan efusivas como ella. Su ternura brindaba el apasionado buen gusto de una madreselva que hablase. Matilde, al casarse, me produjo una pena de las hondas. Con mi escasa afición a la lógica, yo la había imaginado fértil y estéril. Una noche, al filo de las diez, la vi andar por la Plaza de Armas, con precavida lentitud. Supe luego que cumplía con una indicación facultativa. La madreselva justificaba su nombre, su cruento nombre.
Matilde, celaje, gota de tinta, naranjo, éter, buena intención y madreselva: en los atardeceres desamparados en que la ventisca de marzo sacude las frondas de mi ansiedad, y en que la uña ilustre de la luna disemina calosfríos vesánicos, me encamino a tu calle para asomarme a tus vidrieras y aliviarme con tu figura, todavía adorable. Estiro el cuello, atisbando a tu sala improvisada. Tus hijos juegan, y su juego, que es prenda de la eternidad del dolor, me amarga los sueños retrógrados que te forjaban fértil y estéril. Tus hijos juegan. Tú tienes en el regazo una bola de hilaza, o consultas tu portamoneda, o te miras al espejo, superviviente de tu ruina. Y en la Semana Mayor de tu mayor duelo, yo te ofrecería en la palma de la mano, para consolarte, una reducción de la moneda de plata con gotas de tinta.
1917
Ramón López Velarde (mexicano; 1888-1921). En: Obras. Edición de José Luis Martínez. FCE, México (1971; 1ª. reimpresión, 1979.)