~Elaine Equi
1.
Nunca pienso en ellas.
Hacen su trabajo automáticamente.
Las mías son pequeñas e infantiles—casi patas.
No soy “buena con ellas”.
Una vez cuando yo era joven, a mi madre le ganó la risa
al ver cómo trataba de coser un dobladillo.
2.
Momento. Ahora algo vuelve:
mi obsesión con las manos—no las de verdad
sino las manos de las estatuas y los maniquíes
con sus dedos perfectos y sus uñas pulidas.
Fue como si hicieran contacto:
un “par de repuesto” de otro mundo,
que ofrecía ayuda metafísica.
Le compré una a un vendedor callejero
que tenía todo un despliegue de miembros artificiales
esparcidos sobre una cobija.
Cuánto amé a esa mano. A solas la tomaba
tímidamente—y la ponía sobre mi mesa de café
para añadir un toque surreal.
Pero unas muchachas de la chamba vinieron a echarse unos tragos
y se la robaron. Recuerdo que las llamaba y me sentía más bien una mensa diciéndoles:
“Yo sé que tienen mi mano así que me la regresan”.
Ellas soltaban risitas hasta que al fin accedieron.
No fue ya lo mismo, sin embargo. Ya la veía de modo diferente—
al no saber dónde había estado.
Elaine Equi (estadunidense; 1953). En: The Best American Poetry 2010. Editor invitado: Amy Gerstler. Simon & Schuster, NY, 2010.