~Ray Bradbury
¿Por qué nadie me habló de llorar en la ducha?
Qué sitio tan perfecto para el llanto,
qué sitio tan idóneo para abandonarse
sabiendo que nadie te oye.
Dejas caer tus lágrimas. Sabes que entre las gotas
no molestan a nadie, excepto a ti. Allí de pie
enjuagas tu tristeza,
tu cabeza y tu rostro son masajeados por tormentas primaverales
o, pensándolo mejor, por la lluvia de otoño.
Te vacías hasta quedarte en nada. Después te colma el gozo.
Pero primero viene la tristeza, su posesión.
Más tarde, la sed de melancolía encuentra su hueco
en los rincones y conoce el dolor.
Puede llevarte a ella: la última hoja de un árbol;
o quizás el modo en que la brisa, acompañada de gatos,
avanza con sigilo por el césped;
o un chico en bici
vendiendo a gritos el final del verano;
o un juguete abandonado como una duda sobre un sendero;
o una niña con una sonrisa tan inocente que te parte el corazón;
o ese frío momento en que todos los lugares y rincones y habitaciones
de tu casa se quedan vacíos y silenciosos,
en que se van tus hijos, sus cálidos dormitorios se vuelven helados,
y sus camas (esponjosos pasteles en verano
que, sin la levadura, se deshacen),
esperan que los gatos visiten a esos fantasmas medio olvidados
durante el largo otoño.
Así, por ninguna razón en concreto,
crecen los antiguos océanos,
tus ojos se llenan de sal;
entonces, muere algo desconocido y debe ser llorado.
De pie, bajo la ducha, a mediodía o por la noche
es lo correcto y adecuado y bueno.
Lo que nunca entendiste, ahora lo comprendes.
Tu tierra interior se nutre maravillosamente de lágrimas:
los años que has traído para cosechar
ya están segados y almacenados;
los amores, precintados y ordenados.
Una vida entera encerrada en tu sangre, se libera y desata.
Conócela. Arrójala
fuera de tus ojos bajo el dulce fluir de las lluvias.
Pero ahora, presten atención, hombres duros, buenos muchachos:
esto no sólo es útil para mujeres perdidas o abandonadas;
su necesidad es idéntica.
Sigan su ejemplo.
Tomen en préstamo el dolor y despreocúpense.
Por Dios, inténtenlo.
No se trata de aprender a llorar
sino de aprender a morir.
Lloren hasta la madrugada.
Conmocionados por la lección aprendida,
ríanse como recién nacidos a la hora del baño y griten:
Maldita sea, doncellas. ¿Qué significa esto?
Dulces viudas, váyanse al infierno.
¿Por qué?
¿Por qué, por qué, oh Dios, por qué
nadie me habló de llorar en la ducha?
Ray Bradbury (1920-2012). En: Vivo en lo invisible. Nuevos poemas escogidos. Traducción y prólogo de Ariadna G. García y Ruth Guajardo González. Editorial Salto de Página, Madrid, 2013. (Versión adaptada para este blog. Por la sugerencia: Kathya Millares.)