Mi padre no para de bailar

       ~Tony Barnstone

Todavía conservas todo tu pelo, hijo de puta,
       y encima bailas con esa actriz francesa y su
preciosa piel de porcelana y te anotas un tango escaleras

arriba, pasillo abajo, tu mano en la curva
       de su cadera, sí, llevo tus genes de hablador,
de charlatán de feria, tengo chistes

para los tenderos de Ruanda, soy amigo
       del cocinero armenio, de los yeseros
de Yemen y los estibadores de Ecuador;

los perros se vuelven locos cuando me huelen
       algún gen secreto que me pasaste,
y en esas casas distinguidas a las que voy

de invitado tengo a veces una amante
       que me olfatea la entrepierna con su nariz
mojada y, bajo las sábanas, cuando duermo,

doy pequeños ladridos, doy patadas,
       se me pone duro el pene cuando huelo una entrepierna,
y también llevo el gen del “quizás” y el gen del “por qué”,

y el gen regresivo y el gen de arrepentirse,
       ¿pero dónde está mi gen de bailar tango y cumbia
y chachachá? ¿Y dónde está el gen del pelo?

Mira, es muy fácil distinguirte entre
       las multitudes, ahí flota la nube blanca
de tu cabeza, sin embargo yo dejo mis pelos obscenos
en la tapa del váter, se los sacuden de las faldas,
       como mi amor, yo no bailo, más bien pisoteo,
tengo convulsiones, sacudo mi cuerpo como

en aquellos ridículos programas de la tele, doy
       coces con mis pies de caballo, fragmentado por la bola
de espejos, pero esta noche tú eres el rey de la pista,

tú mandas, saltas como un delfín, das vueltas,
       casi te caes, titubeas, te recompones, das más vueltas,
mareas a la actriz, ella sonríe, y hasta nosotros

los calvos nos volvemos elegantes contigo,
       cuando tú, dramático animal, saludas
a tu público de extraños que rompe en aplausos.

Ahora estoy desnudo en el baño,
       miro la pequeña barriga encima del pubis
donde anida el pato pekinés, el cuervo carroñero.

Es una barriga de pizza y pasta puttanesca,
       te miro a ti, pequeña barriga humana, masa
fofa, te odio, pequeño Hitler de sebo,

ángel de la muerte, hago mil abdominales cada noche
       para castigarte, Tómala, otra más, y me decían que
esta crisis de los cuarenta iba a pasar pronto,

que era una cosa aguda pero no crónica, ¿por qué me
       mienten? ¿Qué tienen contra mi pobre pelo,
mis torpes piernas, el cable ardiente que intento

ignorar levantando pesas? Algo no funciona
       en mi aturdido cerebro, mi vida, mi cabeza, mi pelo,
por eso voy sonámbulo en la noche

y busco algo en el coche, o aquí donde
       espolvorean chocolate sobre el café con leche.
Algo, quizás esté allí, quizás esté allá.

Es como ese chiste, quizá lo conozcas, es un tipo
       que va al médico y le dice: “Mire, es que
se me ocurren cosas raras, no sé por qué.

Pienso que soy una polilla”. El médico
       no sabe si oyó bien y le dice: “¿Una qué?”
“Una polilla. Con antenas y alas. Ya sabe usted”.

El médico considera el caso y le dice:
       “Mire, yo soy médico, no soy psiquiatra.
Si se hace una herida, yo se la coso

pero no me meto en las cosas de la cabeza.
       Señor, perdone que le pregunte: ¿Cómo vino hasta aquí?
‘Bueno’, dice el paciente, ‘la luz estaba encendida’”.

Así me siento, extraño, perdido, me meto
       por cualquier puerta que esté abierta
(pero me pondría un condón, claro).

Este asunto del pene, siempre tieso,
       siempre listo para cumplir, es un lascivo
caso de bravata (noventa flexiones más

y que se joda el hombro); las palabras saltan
       del cuerpo, como resortes, se derraman
borrachas bajo farolas desconchadas

a las dos de la mañana, desesperado por
       encontrar un cajero abierto, mi padre
escribe poemas contra el estafador que quiere

cargarle el muerto; el lamento del tiempo robado;
       la condena del amor; mi padre estira un brazo
detrás de la tele para enchufar una lámpara, habitaciones

oscuras que tiemblan en cielos de vidrio,
       mi padre es una bisagra que se dobla
y pierde el equilibrio y se tambalea y yo miro

aturdido, no puede ser, él es el que lo arregla
       todo, pero sus piernas no pueden más y cae de rodillas
en la alfombra, y llora Soy tan torpe, tan torpe. Es

un campo de batalla: la lámpara sin luz, el enchufe olvidado,
       la tele muerta. Abrazo a mi padre y digo
suavemente, No pasa nada, son cosas,

lo levanto, respiramos, Cosas, se recupera.
       Y entonces mi padre me besa, mira
las máquinas y dice Cosas, y ahí nos quedamos

abrazados, hasta que podamos reírnos de esto, hemos
       matado a la muerte, de momento, podemos seguir
soñando que seguimos vivos, soñando que bailamos.

 

Tony Barnstone (estadunidense). En: Buda en llamas. Traducción de Mariano Zaro. Ediciones El Tucán de Virginia, México, 2014.

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Publicado en: Poemas