~Gabriel Ferrater
La pared era de sillares enormes
y enjalbegada con cal azulada. La cama
(un gran armatoste, arreglado
con tablas de una caja de coñac)
arrimada a la piedra, era un caballo
de toros, que chorreaba las entrañas:
dos colchones de hoja de maíz, gris
el de debajo y rojo el de arriba,
mal cubiertos por la sábana tiznada
de polvo y de betún, pues los zapatos
no se cree que molesten para el amor
de precio más bajo. La muchacha que vendía
dentro de un alvéolo de aquel pueblo gótico
su cuerpo poco formado, rudimentario
como la plebe, muy antigua y muy moderna,
hablaba con acento “chava”, cosa triste.
Dice que se llamaba Victoria. Tenía
una foto de su novio, y sólo
dos suyas: una a los catorce años,
otra de pasaporte.
No sé qué hacer con ella,
como la barra de lacre que se nos viene a los dedos
cuando revolvemos un escritorio viejo,
en la alta noche, mientras se desgarra un gallo.
Gabriel Ferrater (catalán; 1922-1972). En: Mujeres y días. Seix Barral, Barcelona, 1979.