Los temblores de Veracruz

       ~Anónimo

“¡El mundo se va a acabar!”,
decía la gente alarmada,
al ver que tánto temblaba
entre Jalapa y Palmar.

El tres al amanecer,
de enero, en el año veinte,
debió tenerse presente
que el mundo iba a perecer.

Grandes temblores de tierra
se sintieron en la costa
y se agrietaba la costra
de Veracruz a la sierra.

La gente buscó refugio
en las casas bien macizas,
o abajo de las cornisas
de iglesias y de portales.

Pero fueron desgraciados
en escoger tales casas,
pues cayeron grandes masas
y murieron machacados.

El cuatro siguió temblando
y una semana después
hasta que hizo erupción
un volcán por San Andrés.

¡Cuánta gente pereció!
Causa tristeza y pavor,
todo el mundo con dolor
de pena se horrorizó.

Los pueblos de la montaña
quedaron muchos destruídos
y los vergeles floridos
son ahora triste baraña.

Las ciudades populosas,
de comercio rico emporio,
ahora ven que es ilusorio
el creer eternas las cosas.

En el pueblo de Teocelo,
muy cercano de Jalapa,
cayó la iglesia y atrapa
a cincuenta y van al Cielo.

En Coscomatepec resulta
igual desgracia que arrecia,
cae la torre de la iglesia
y a muchos fieles sepulta.

Cosautlán se hunde completa
no quedando ni una gente,
y una oquedad pestilente
queda de villa coqueta.

El cerro junto a Chilchota
todito se derrumbó,
y a ese pueblo destruyó
botándolo cual pelota.

Cocuyo, lugar florido,
fue castigado muy bien,
y otros quince pueblos más
que nunca lo habían temido.

En Santiago Ahuayalco
la iglesia se derumbó,
y la gente pereció
cuando creía estar a salvo.

Coatepec quedó arrasada
por las aguas del arroyo,
y no le sirvió de escollo
las rocas de la cañada.

El pueblo de Atotonilco
quedó por siempre destruído,
y aunque muchos han huído
pocos hay en Tochimilco.

En Jalapa y Teziutlán,
en Córdoba y Orizaba,
muchas casas derrumbaba
ese temblor de Satán.

En las casas que cayeron
de desgracias pocas hubo,
pero de susto está mudo
el pueblo y los que lo vieron.

Los que saben calcular
dicen que en esos temblores
faltan de sus moradores
cinco mil, sin aumentar.

Muchos ríos ya se secaron
por las grietas del subsuelo,
y la gente pide al cielo
el agua que le quitaron.

Otros ríos iban crecidos
y con aguas pestilentes
y arrastran cientos de gentes
que en su cauce han perecido.

Ese río de San Francisco
tenía una agua mal oliente,
que arrastraba mucha gente
y animales del aprisco.

En Cosautlán una grieta
de cuarenta metros de ancha,
que no se pasa ni en lancha,
abrió una fuerza secreta.

En Santiago de la Fragua
los indios vieron un día
que la tierra se entreabría
saliendo azufre con agua.

Luego el cerro San Miguel
hizo una fuerte erupción,
dejando en esta ocasión
muy tristes recuerdos de él.

Pide auxilio el infeliz
pide el anciano agobiado,
pide el niño abandonado
y la mujer sin desliz.

El corazón generoso
tienda su diestra al hermano,
que ahora sufre el mexicano
un golpe tan doloroso.

El Cielo airado castiga
nuestro proceder ingrato,
mas no perdamos un rato
en rogarle nos bendiga:

¡Reina mía Guadalupana!,
perdona nuestra maldad,
ten de nosotros piedad;
pobre nación mexicana.

 

Anónimo. En: Vicente T. Mendoza, El corrido mexicano. FCE, México, 1954; 1ª. Reimpresión, 1974.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Poemas