Los gatos de San Nicolás

       ~Yorgos Seferis

                            No obstante sin la lira entona
                            el canto fúnebre de la Erinia
                            espontáneo y profundo
                            el sentimiento, ausente
                            por entero el caro valor de la esperanza.
                                          ESQUILO, Agamenón

“Ahí se divisa el Cabo de Gata…”—me dijo el capitán
señalando una costa baja en medio de la bruma,
una orilla vacía el día de Navidad—
“… y a lo largo, hacia Poniente, las olas engendraron a Afrodita;
al lugar lo llaman Roca del Griego.
¡Tres cuartas a babor!”
La gata que perdí el año pasado tenía los ojos de Salomé
y cómo miraba Ramasán de frente a la muerte,
días enteros en medio de la nieve de Anatolia
bajo el sol helado,
de frente días enteros, el pequeño genio del hogar.
No te detengas viajero.
“Tres cuartas a babor”, murmuraba el timonel.
…tal vez mi amigo haría una pequeña escala
en tierra ahora
encerrado en una choza con iconos,
buscando unas ventanas tras los cuadros.
Sonó la campana del barco
como la moneda de una ciudad desaparecida
y su sonido al caer reavivó
la caridad de pasadas limosnas.

“¿Qué extraño—repuso el capitán—
“Esta campana, un día como hoy,
me ha recordado aquella otra, la del monasterio.
Me contó la historia un monje,
medio loco y soñador.
“En tiempos de la gran sequía
–cuarenta años sin llover—
la isla entera se volvió un desierto:
las gentes morían y nacían serpientes.
Millones de serpientes en este promontorio,
gruesas como la pierna de un hombre
y venenosas.
Monjes de San Basilio
regentaban entonces el monasterio de San Nicolás
y no podían trabajar los campos
ni sacar los rebaños a pacer;
los gatos que criaban los salvaron.
Cada amanecer sonaba la campana
y en masa salían a la lucha.
Peleaban todo el día hasta la hora
en que tocaban a la colación de la tarde.
Tras la cena, de nuevo la campana,
y salían al combate de la noche.
Asombraba, cuentan, verlos
uno cojo, otro tuerto, otro sin hocico
o desorejado, el pellejo hecho jirones.
Así, con cuatro toques cada día
pasaron meses, años, tiempo y más tiempo.
Ferozmente tenaces y siempre heridos
aniquilaron a las serpientes, pero al final
también ellos perecieron, incapaces de resistir tanto veneno.
Como un barco recién hundido
nada dejaron en la espuma
ni maullidos, ni toque de campana.
¡Avante toda!
                       ¿Qué iban a hacer los desdichados,
peleando y bebiendo día y noche
sangre emponzoñada de serpientes?
Siglos de veneno: generaciones de veneno”.
“¡Avante toda!”, repitió indiferente el timonel.

 

Yorgos Seferis (griego; 1900-1971). En: Poesía completa. Traducción de Pedro Bádenas de la Peña. Alianza Editorial, Madrid, 1986.

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Publicado en: Poemas