~Edwin Muir
Apenas doce meses después
de los siete días de guerra que pusieron a dormir al mundo,
al atardecer llegaron los extraños caballos.
Para entonces habíamos hecho nuestro pacto con el silencio,
pero en los días iniciales todo estaba tan inmóvil
que escucharnos respirar nos daba miedo.
Al segundo día
los radios fallaron; girábamos las perillas de las puertas; sin respuesta.
Al tercer día pasó un buque de guerra, rumbo al norte,
cadáveres apilados en la cubierta. Al sexto día
un avión se zambulló más allá de nosotros en el mar. Luego
nada. Los radios mudos;
y aún así seguían arrinconados en nuestras cocinas,
y seguían, tal vez, encendidos, en un millón de cuartos
por todo el mundo. Pero ahora, si hablaran,
si de pronto y nuevamente hablaran,
si a las campanadas del mediodía una voz hablara,
no escucharíamos, no dejaríamos entrar
ese viejo pérfido mundo que tan rápido se tragó a sus hijos
de un solo bocado. Otra vez, no.
A veces pensábamos en las naciones que estaban durmiendo,
ovilladas ciegamente en una tristeza impenetrable,
y luego el pensamiento nos confundía con su extrañeza.
Los tractores están echados en nuestros campos; en la tarde
parecen húmedos monstruos marinos encorvados y a la espera.
Los dejamos donde están, y que se oxiden:
“Van a pudrirse y serán como otro fertilizante”.
Ponemos a nuestros bueyes a jalar nuestros arados plenos de óxido,
relegados desde hacía mucho tiempo. Hemos vuelto
más allá de la tierra de nuestros padres.
Y entonces, esa tarde
al fin del verano llegaron los extraños caballos.
Oímos un distante golpeteo sobre el camino,
un tamborileo creciente; se detuvo, continuó
y al doblar la esquina ya era todo un estruendo.
Vimos las cabezas
como una ola salvaje que embestía y tuvimos miedo.
En tiempos de nuestros padres habíamos vendido los caballos
para comprar nuevos tractores. Ahora nos eran extraños
como corceles fabulosos puestos sobre un escudo antiguo
o ilustraciones en un libro de caballeros.
No nos atrevimos a acercarnos. Y sin embargo, ellos esperaron,
tenaces y tímidos, como si los hubiera enviado
un viejo comando para encontrar nuestro paradero
y aquella arcaica compañía tan perdida desde hacía tiempo.
En el primer momento nunca nos pasó por la cabeza
que fueran criaturas para nuestro uso y propiedad.
Entre ellos estaba una media docena de potros
llegados de alguna zona salvaje del mundo roto,
y sin embargo nuevo como si hubieran venido de su propio Edén.
Desde entonces han tirado de nuestros arados y llevan nuestras cargas,
pero esa servidumbre gratuita aún nos rompe los corazones.
Nuestra vida ha cambiado; en su llegada, nuestro comienzo.
Edwin Muir (escocés; 1887-1959). En: Peter Forbes: Scanning the Century. The Penguin Book of the Twentieth Century in Poetry (Nueva York, 1999).