El barco de la muerte (Fragmentos)
~D. H. Lawrence
I
Ahora es otoño y la caída del fruto
y la larga travesía hacia el olvido.
Las manzanas caen como grandes gotas de rocío
para magullarse una salida de sí mismas.
Y es tiempo de irse, de decirle adiós
al propio yo, y de hallar una salida
del yo caído.
II
Has construido tu barco de la muerte. ¿Lo has construido?
Construye tu barco de la muerte, pues vas a necesitarlo.
La hosca escarcha andará cerca, cuando las manzanas caigan
densamente, casi atronadoramente, sobre la tierra endurecida.
Y la muerte está en el aire como un aroma de cenizas.
¿No puedes olfatearla?
Y en el cuerpo magullado, el alma asustada
se descubre encogiéndose, retrocediendo ante el frío
que sopla sobre ella a través de los orificios.
VIII
Y todo se ha ido, el cuerpo se ha ido
abajo del todo, se ha ido por entero.
La oscuridad superior es pesada como la de abajo,
entre ellas el barquito
se ha ido
se ha ido.
Es el fin, esto es olvido.
X
El diluvio se calma y el cuerpo como gastada concha del mar
reaparece extraño y encantador.
Y el barquito hace vela hacia casa, vacilante y deslizándose
por el rojo diluvio
y el alma frágil sale afuera, vuelve a su casa
llenando el corazón de paz.
Se mece el corazón renovado con la paz
aun del olvido.
Construye tu barco de la muerte, constrúyelo
pues lo vas a necesitar.
Porque el viaje del olvido te aguarda.
D. H. Lawrence (1885-1930). En: Poesía inglesa contemporánea. Edición de E. L. Revol. Ediciones Librerías Fausto. Buenos Aires, 1974.
La barca adánica
~José Revueltas
Para León Felipe
1. ANTES DE MORIR
La barca está dispuesta, amortajado.
El remero sin rostro aguarda con su triste sonrisa.
No es el mismo de siempre:
a cada quien aguarda su remero
innominado y propio.
Cada quien debe darle el nombre que no sabe
y sólo hasta entonces él acudirá
con sus remos
altos como iglesias solemnes.
Sólo hasta entonces.
La barca que nació de tu costado
la primer noche adánica
está dispuesta para los esponsales.
Es tu barca.
Retira ya los dados:
es la hora de compartir la túnica con el centurión.
2. NO MUERES POR NO SABER MORIR
Ahora no sé lo que ocurre.
No es sólo el nombre del remero.
Tal vez falte la contraseña,
el verbo secreto, el signo,
eso que jamás se supo
durante la vana conspiración de la vida
donde todos nos conocíamos con otros nombres,
donde todos fuimos distintos,
y el padre no conoció al hijo
ni el esposo a la esposa
ni el amigo al amigo.
No sé si podrás embarcarte.
No sé si podrás encontrar en las tinieblas
a tu negro timonel, aunque estés muerto.
Dices que fuiste un ataúd,
pero eso ya no cuenta.
Quizá haga falta todavía
esa más honda palabra bautismal
en que la nave y tú se reconozcan como hermanos
después de tanto, tanto vivir.
No es sólo el nombre del remero.
Ven a pronunciar lo impronunciable.
La voz secreta,
la hermética consigna del navegante,
lo que te reduzca a sombra,
lo que te destituya, amortajado.
Las hondas tenebrosas mecen ya la barca.
Qué palabra dirás. Qué palabra.
3. EL NOMBRE DE LA MUERTE
Reconoces el aliento del timonel
y el gemido de su esfuerzo.
Lo has visto en sueños conducir la barca.
El golpe de las olas es como cien besos fríos
en el costado nocturno de nuestro corcel.
Dime lo que miras de pie sobre la proa.
Dime si éste no es otro comienzo fatigoso
y otro anudar y desatar.
Sería bien triste.
Tenemos que devolver todas las palabras dichas
hasta quedar vacíos.
Por eso no respondes. Lo comprendo.
Pero ven a este sitio.
Escucha el sordo ladrido del océano cóncavo
que llora como perro sin garganta.
Toca su piel de espinas hasta herirte
y deja que muerda con sus dientes de sal oscura
y ladre.
Ladre de pena
hasta que anochezca más.
Cuernavaca, Morelos, septiembre de 1950
José Revueltas (1914-1976). En: Las cenizas. Ediciones ERA, 1981.