La tortuga

       ~Andrés Henestrosa

Limpia, brillante como el agua en que vivía, y más bonita que mandada a hacer, la tortuga sirvió en los primeros días de la religión cristiana en Iztacxochitlán, como ofrenda a San Vicente.
       La había grande y pequeña; un poco amarilla la una; negra, muy negra, la otra. Se arrastraban las dos bajo el agua dulce y el agua salada, y de trecho en trecho asomaban la cabeza a la superficie, para tomar un poco de aire. Se iban a la tierra —lo que alguna vez ocurría—, dejaban un rastro de dibujos caprichosos, que más tarde como que las zapotecas copiaron en el bordado de sus enaguas y huipiles.
       Los hombres salían en los aniversarios religiosos, en las fiestas de guardar, a buscarla, y lo mismo en el agua que en la tierra, la capturaban con las manos.
       Torpe, eso sí, lo mismo hace días que pasado mañana, colocada al pie de los altares, era menester acercarle una llama a la cola, que entonces no la tenía tan corta y fue el procedimiento el que la redujo, para que menos lenta subiera por su propia lentitud hasta el santo. Y subía regando mansedumbre. Sucedía algunas veces que guardaba dentro de su concha la cabeza, las patas y la cola, pero entonces el martirio era peor; era como si saliera de la brasa para caer en las llamas: con más crueldad la obligaban.
       Un día san Vicente tuvo piedad de ella y bajó, ante el azoro de los creyentes, dos gradas de su altar para levantarla; la tortuga, pudorosa, guardó la cabeza y desde adentro suplicó al santo que la hiciera fe para que ya nadie la buscara.
       Y san Vicente, milagroso, sin decir una palabra le hizo grandes ojos y aplastada y en punta le terminó la cabeza; y le puso sin cuidado los dedos sobre su concha, cambiándosela.
       Fea, con la cola disminuida, bajó las gradas y lentamente regresó al agua.
       Nadie volvió a ofenderla, pero hasta hoy, cuando se la encuentra, segura de su fealdad, roja de pudor inclina la cabeza y la guarda como aquella vez la guardó ante san Vicente.

 

Andrés Henestrosa (mexicano; 1906-2008). En: Los hombres que dispersó la danza (1929). Editorial Porrúa, 1977.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Poemas