La maquinita y Jorge de Lima

La maquinita

Aquí yo he venido,
aquí yo he llegado
muy triste y muy amolado.
Cantando canciones
me paso la vida
un poco más divertida.
Era en el año 40
antes del 54,
cuando murió tanta gente
entre Puebla y Apizaco.

El tren que corría
sobre l’ancha vía,
de pronto se fue a estrellar
contra un aeroplano
que andaba en el llano
volando sin descansar;
quedó el maquinista
con las tripas fuera
mirando p’al aviador,
que ya sin cabeza
buscaba un sombrero
para taparse del sol.

Todo esto nos sucedía
sin saber cómo ni cuándo,
y la máquina seguía
pita, pita y caminando.

El buen fogonero
también quedó muerto
y abajo del chapopote;
y hasta el garrotero
sin brazos ni piernas
se agarraba del garrote;
buscando al agente
de publicaciones
lo encontraron moribundo,
y el pobre gritando:
“Cervezas heladas…”
se fue para el otro mundo.

Los pocos supervivientes
los contemplaban llorando,
y la máquina seguía
pita, pita y caminando.

Llegó la Cruz Roja
llegó la Cruz Blanca
a auxiliar a los heridos,
y allí se encontraron
que todos los muertos,
de miedo, ya habían corrido;
estos cadaveres
salieron huyendo
y, en tan críticos instantes,
ya ha habido un difunto
al que han encontrado
cuatro leguas adelante.

En una zanja los muertos
solos se fueron echando,
y la máquina seguía
pita, pita y caminando.

Llegó en un fotingo
don Maximiliano,
que era entonces gobernante,
y vio entre los muertos
a un pobre gendarme
gritando: “Alto y adelante”;
don Maximiliano
vio el pullman abierto
y a comer se metió al punto,
y allí el cocinero
le sirvió al instante
los hígados de un difunto.

Los zopilotes estaban
sobre los muertos volando,
y la máquina seguía
pita, pita y caminando.

Y yo ya no quiero
seguir esta historia
para no cansar a ustedes;
rueguen por el alma
de los que murieron:
hombres, niños y mujeres.

Al recordar tanto muerto
ya me retiro llorando,
mientras la máquina sigue
pita, pita y caminando.

Anónima. En: Óscar Chávez, Herencia lírica mexicana, II.

 

 

El gran desastre aéreo de ayer

~Jorge de Lima

Veo sangre en el aire, veo al piloto que llevaba una flor para su novia, abrazado a la hélice. Y al violinista al que la muerte acentuó la palidez al despeñarse con su cabellera negra y su estradivario. Hay manos y piernas de bailarinas erizadas por la explosión. Cuerpos irreconocibles identificados por el Gran Reconocedor. Veo sangre en el aire, veo una lluvia de sangre cayendo en las nubes bautizadas por la sangre de los poetas mártires. Veo a la nadadora bellísima, en su último salto de bañista, más rápida porque viene sin vida. Veo a tres niñas cayendo rápidas, infladas, como si todavía danzasen. Y veo a la loca abrazada al ramillete de rosas que pensó que era el paracaídas, y a la primadona con la larga cola de lentejuelas rayando el cielo como un cometa. Y la campana que iba a una capilla del oeste, venir tocando a muerto por los pobres muertos. Presumo que la azafata dormida en la cabina todavía viene durmiendo, tan tranquila y ciega. Oh, amigos, el paralítico viene con extrema rapidez, viene como una estrella fugaz, con las piernas al viento. Llueve sangre sobre las nubes de Dios. Y hay poetas miopes que creen que es el arrebol.

Jorge de Lima (1893-1953). En: Antología de la poesía brasileña. Edición de Ángel Crespo. Seix Barral, Barcelona, 1973.

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Publicado en: Poemas