~Osip Mandelstam
Nunca veré la Fedra del gran renombre,
En algún teatro viejo, veleidoso
De palcos y pasillos, con candiles
Gimientes, parpadeantes; con las filas
Más altas de butacas cubiertas por el tizne.
Indiferente a la jactancia y vanidad de los actores
Mientras cosechan los aplausos,
Yo nunca oiré ese verso subiendo entre las luces,
Cruzando la tramoya y apoyándose
En la elegante rima del pareado:
–Qué repugnantes se me vuelven estos velos…
Es el teatro de Racine. Una barrera inmensa
Nos separa de ese mundo diferente;
En sus pliegues fluctuantes e imprecisos
El telón cuelga entre su mundo y éste, el nuestro.
Los chales clásicos caen de lentos hombros,
Una voz sube de tono al entregar
–En una sílaba que arde al rojo vivo,
Con un estilo intenso—la carga del sufrimiento,
Templada por el sol de indignación…
Llegué muy tarde al festival de Racine.
Los programas de mano ruedan muertos
Por el teatro, el aire los levanta,
Y la gloria se resume en el olor
De una perdida cáscara de naranja.
Y en eso, como si despertara de un letargo
De siglos, el hombre junto a mí atina a decirme:
“Me dejó como muerto la furia
Desquiciada de Melpómene;
Yo lo único que quiero en esta vida
Es un poco de paz. Mejor nos vamos yendo.
No tarda en descolgarse desde el público
Una selecta punta de cabrones
Para golpear a la Musa hasta matarla”.
Si algún griego mirara un rito nuestro…
En: Osip Mandelstam (1891-1938), Selected Poems. Ed. David McDuff. The Noonday Press, Nueva York, 1975. (Versión al español de Luis Miguel Aguilar.)