La curación del oído

       ~Sarah Maguire

Hundo la cabeza
         en el agua
y emerjo
         sorda. Mi oído izquierdo

duro, como si
         la mitad del mundo
atascada en acrílico.
         Mi vida

se bifurca. Volteo
         alrededor
y una quietud gelatinosa
         se arrastra tras de mí,

una suspensión de susurros,
         mortalidad amortiguada.
La cuerda de sangre
         se retuerce

en mi oído, trenzando
         y destrenzando
el mundo vuelto
hueso.

Cada noche
         la lenta cera
se sedimenta en su sitio
         y coagula la sibilancia,

suavizando los susurros,
         la blanda morrena
que atora el tímpano
         aislando

el estribillo, el martillo, el yunque
         en un cuarto lejano.
El tapón está lleno.
         A los tres años

el sonido se me hizo piedra,
         y luego supuró;
mi cráneo se volvió
         un laberinto de dolor,

mi apretada garganta,
         se llenó
de líquidas agujas.
         Esa tarde de invierno

empujaste mi cuna
         hasta el tibio cuarto de enfrente
y me consolaste en tu regazo.
         Ahí estaba la lana roja

de tu suéter
         deshilachándose
de una manga,
         tu dulce corazón

marcando el tiempo. A las cuatro
         ya estaba oscuro afuera;
los resultados del futbol
         se dieron en el radio:

Liga escocesa, segunda división
         —Stirling Albion,
Cowdenbeath,
         Montrose, Arbroath,

Dunfermline,
Corazón de Midlothian,
Reina del sur—una letanía

que me arrullaba
         al dormir.
Hace veinte años
         que te dejé.

Desde entonces
         apenas hemos hablado
—hasta que te hallé
         encogido, asustado,

sin habla,
         en un pabellón geriátrico;
tus piernas muertas
         por la pena.

No resististe
         la muerte de tu hermano.
Y ahora te aferras a mí
con todo,

tus gastadas,
         bellas manos,
delgadas mensajeras del miedo.
         Unas semanas después

comienzas a contarme cosas
que nunca había escuchado;
todo ese silencio congelado
         en tus piernas y brazos.

Pero cuando te llevamos a casa
         descubrimos
que no te habían bañado
         durante un mes

porque no te quejaste,
         ni pediste, ni molestaste a nadie.
Me puso furiosa.
         Y ahora yo estoy enferma, confundida,

desolada; y sé
que nunca más me cuidarás.
Vierto despacio
         el tibio aceite de almendra dulce

con un gotero
         en mi oído muerto
y siento cómo el buen óleo
         desbarata la cera.

En cuatro días
         sostendré
el esmaltado riñón blanco
         contra mi cuello

mientras la enorme jeringa
         avienta agua
por el canal auditivo.
         Al principio barbulla

como una ciudad a lo lejos
         y luego todo el vivo océano
entra barboteando.
         Al poco rato

en el tibio crepúsculo de noviembre
         me senté en el parque
y miré a dos murciélagos
         suturando

el aire oscurecido,
         su vuelo zigzagueante
enrejando a los severos
         y desnudos árboles;

con un frágil tejido,
         una imposible filigrana
que fracasa
         mientras describe

su hambre al acercarse la noche.
         Su vista es sonido:
esos agudos gritos
         iluminan los castaños

con llamada y eco,
         creando sensaciones
de reflejos.
         ¡Y puedo oírlos!

Allí, justo en el borde
del sonido
como un cálamo sobre el vidrio,
         un grabado exquisito

que pensé había perdido
         para siempre.
Alzo los dedos
         y los froto

junto a mi oído recobrado
         para escuchar esa preciosa música,
la tonalidad de la carne
         contra la carne.

 

Sarah Maguire (Londres, 1957). En: La generación del cordero. Antología de la poesía actual en las islas británicas. Selección, traducción y prólogo de Carlos López Beltrán y Pedro Serrano. Trilce Ediciones, México, 2000.

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Publicado en: Poemas