~Margarita Michelena
Por estas altas cámaras de ruina,
por estos laberintos sollozantes,
vago mirando que mis sueños cuelgan
como bellos demonios ahorcados,
prófugos de su signo de consumida sangre,
de amor profundo y devastado.
Sueños de soledad, orgullo fúnebre
de la boca inviolable,
de llegar a la noche
siendo un solo cadáver,
manos sin testamento de ternura,
bajel que parte sin dejar a nadie
diciendo adiós sobre la tierra:
ni al amor que devora
ni al hijo que se cae desde los brazos
a un destino de ser estrella muerta.
Puse la frente así bajo el dominio
de un oscuro zodiaco.
Y tuve el sonreír, el don prohibido
de la esterilidad y el fuego frío
de un ángel condenado.
II
Pero a mi soledad vino una sombra.
Pobló este mundo de soberbia ruina
con una voz que gime
como una criatura vengativa,
que tiembla entre el océano de sus lágrimas
lo mismo que una isla delirante.
Paso frente a sus ojos de niebla corroída
como si hubiera cometido un crimen
delante de un espejo.
Y esa voz. Esa voz desesperada
columna federal de helado fuego,
me persigue y me grita:
“Tu boca sin amor es la morada
de una culpa de hielo.
Y tu vientre cerrado
—muelle de soledad en donde nunca
se empezaron las lágrimas de un niño—
es la casa de un gran asesinato.
“Me amaste. Me conoces. Soy tu víctima
y el rostro de tu muerte.
Soy el amor, el fruto de ternura
que no bajó del árbol de tu sangre.
Mírame. Soy la sombra que proyecta
el sol difunto de tu gloria oscura.
“Ya no podrás tocarme. Soy apenas
una amarga memoria de ceniza.
Pero he de rondar siempre
por tu casa sin sueño,
por tu orgulloso reino de fracaso
y tu victoria taciturna,
llevando entre mis brazos, como ahora,
el imposible rostro de tus hijos,
sus manos confinadas en la noche
y su amorosa forma destruida”.
Margarita Michelena (mexicana; 1917-1998). En: La poesía mexicana del siglo XX. Antología. Nota, selección y resumen cronológico de Carlos Monsiváis. Empresas Editoriales, México, 1966.