La casa de mi padre tiene muchas moradas

       ~Michael Hofmann

¿Quién lo diría, que somos el uno para el otro,
mi padre y yo paseando con las manos
a la espalda, apretadas como lo aconsejaba Goethe?

El peso de nuestras miradas nos hacía inclinar hacia delante—al futuro,
un tramo de la acera que abarcaban nuestros zapatos…
Los tuyos, grandes zapatones resonantes color crema;

los míos, los internacionalmente piojosos zapatos tenis
–visibles pero inaudibles—del movimiento de protesta.
Mamá meneaba la cabeza mirándonos desde la ventana.

Yo era más alto y rápido, pero también más considerado:
tenso, demasiado grande, sufriendo por eso, trataba de ir despacio
y me encorvaba para ti. Quería compartir tu vida.

Vivir contigo en tu segunda vivienda de Lubiana,
tu otro domicilio: conversar y leer libros;
conocer a tus novias, de cabellos cortos, oscuras, orales;

ir de compras con billetes rojos y depreciados al supermercado;
compartir las hormigas de la cocina, los cuartos sin amueblar,
la falible cañería en invierno. La familia era degradante

y obligatoria… Los tres escalones hacia tu puerta
eran tres pasos al cielo. Pero no eran más que visitas.
En una fiesta que diste a tus alumnos –¡mi iniciación!—

ceremoniosamente apuré un vaso de cuero con slivovica.
Y luego, nada. Yo anhelaba tu mezcla de resentimiento
con orgullo, dilatada en mí hasta la promesa de sentir igual.

¿Es el destino de la paternidad dar nada más que consejos…?
En el éxtasis del crecimiento, los arbustos de la vereda
rayan tu carrocería y dislocan tu espejo lateral.

Cada año, el heráldico ciruelo en tu jardín
te sorprende con su frutita podrida.

 

Michael Hofmann (alemán, radicado en el Reino Unido, 1957). Traducción de Jaime Moreno Villarreal. En: Traslaciones. Poetas traductores 1939-1959. Compilación de Tedi López Mills. FCE, México, 2011.

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Publicado en: Poemas