~Wislawa Szymborska
Un poeta hace una lectura para ciegos.
No sospechaba lo difícil que sería.
La voz se le atora.
Las manos le tiemblan.
Siente que aquí cada oración
debe pasar por la prueba de la oscuridad.
Cada oración tendrá que valerse por sí misma,
sin las luces o los colores.
Peligrosa aventura ésta
para las estrellas en sus poemas,
para el amanecer, el arcoiris, las nubes, las luces de neón, la luna,
para el pez hasta hace poco tan plateado bajo el agua,
y el halcón tan silenciosamente alto en el cielo.
El poeta lee –ya es muy tarde para detenerse—
de un muchacho con una chamarra amarilla en el verde prado,
de rojos tejados fácilmente divisables en el valle,
los números incansables en las playeras de los jugadores,
la desconocida desnuda en la puerta emparejada.
Quisiera pasar por alto –aunque no es una opción—
todos aquellos santos sobre el techo de la catedral,
esa señal de adiós desde la ventana del tren,
la lente del microscopio, y los espejos, y los álbumes con caras.
Y aún así muy grande es la bondad de los ciegos,
grande su compasión y generosidad.
Oyen, sonríen, y aplauden.
Uno de ellos incluso se aproxima
con un libro de cabeza al que lleva
para pedir un autógrafo invisible.
Wislawa Szymborska (polaca; 1923-2012). The New Yorker, agosto 9 y 16, 2004.