~Howard Moss
Me pregunto si la mesa del bar conserva aún las huellas digitales
De Víctor; sus fuegos idos, o vueltos ya otra cosa,
Y el vodka del estribo en la charola del mesero.
Aquí los árboles huelen a zinc. El sol poniente
Baja y retira del cielo sus derechos de autor, con lentitud.
Estoy en la bahía donde nunca ocurre nada.
Y nada trae a Sally de regreso. Nada puede traerla.
La ruina de su segundo matrimonio; la Esperanza,
Ese nativo tracalero, le quitó al fin las breves y contadas migajas
Que alguna vez le dio. Disolviendo nembutales en ginebra,
Se empinó todo el brebaje hasta ver fondo en una coctelera.
Incluso las formas de suicidarse pasan de moda.
¿Nikos? Quién sabe a dónde fueron los dioses griegos de antes.
¿A un panteón en las afueras de Hampton?
La última vez que lo vieron, mendigaba tragos
En un antro de Maine para turistas. Después se fue de ahí,
Se hizo cantinero. Y luego se volvió cantina él mismo
Cruzó de puerto en puerto bebiéndose su tranco.
Leslie: supongamos que surges de las profundidades,
Como un buzo en una película proyectada al revés
Y en cámara rápida, dime: ¿por qué nos dejaste a todos por M.
Y moriste junto a él en un crucero que hacía agua
El mal tiempo en los aparejos en la Gran Bahía del Sur,
Con la tormenta avecinándose; siendo tú el mejor marino
Que vieron alguna vez el embarcadero y la Guardia Costera?
Tal vez un pájaro atinado que cruzara por aquí
En la instintiva migración anual de cada otoño,
Pudiera completar todas las historias; darles sentido,
Enviarnos alguna pista, una señal entendible,
Cayendo con las hojas, desde el cielo azul de frío.
Howard Moss (estadunidense; 1922-1987). En: New Selected Poems. Atheneum, NY, 1985.