En los jardines que encantó la muerte (fragmento)Luis Rosado Vega

       ~Luis Rosado Vega

       En los jardines que encantó la muerte,
junto al estanque inmóvil,
de pie sobre el pretil húmedo y frío,
Ella mira en las aguas que, aunque muertas,
con la luz de la luna se hacen claras,
reflejarse las cosas de la Vida
sobre la quieta linfa; y así acaban.
Ella, la Muerte; y mira al mismo tiempo
cómo esas cosas de la vida caen
sobre la linfa inmóvil, poco a poco,
y en ella se disuelven,
así como del árbol que se alza
junto a algún manantial, en el otoño
las hojas van cayendo lentamente.
       En los múltiples pliegues de la noche
hay indistintas vidas que no llegan
al sumo ser, o ya llegaron antes,
crisálidas que están por disolverse
ya para siempre, o que al contrario pugnan
por aflorar en el ambiente vasto,
y en tanto se reflejan
en el estanque inmóvil esperando
lo que ha de ser, aunque es igual al cabo,
ya que Todo en el Todo se unifica
en los jardines que encantó la Muerte.
       De vez en vez la muerte hunde las manos
entre sus propias aguas,
sácalas luego y las sacude al viento
sobre todas las cosas de la Vida,
sobre las que ya son, y las que fueron,
y las que habrán de ser, todo es lo mismo;
y ese rocío con que las bautiza
es al morirnos el sudor que hiela.
       Yo he sentido caer sobre mi frente
ese rocío, y por la vez primera
sentí en lo más profundo
de mi ser desvelárseme el Misterio,
en lo más hondo, allí donde no llega
nada de nada, allí donde está el punto
indivisible, y único, y eterno,
y sentí que mi ser se disolvía
en este ambiente, en este mismo ambiente
que la Muerte ha encantado.
       Yo he sentido caer sobre mi frente
ese rocío como niebla helada,
que aunque bañó mi rostro, mis pupilas
no enturbió ni un momento, antes las hizo
más claras y también más penetrantes;
y fue así como pude ver en todo
el signo arcano y primordial que tiene
esos extremos que aparentemente
son dos, pero son uno, Amor y Muerte,
y Vida y Muerte, que es lo mismo al cabo.
       Yo he sentido caer ese rocío
sobre mi frente, en muy heladas gotas,
sintiendo, al mismo tiempo, que me hundía
en mi propia cisterna;
hundido en mi, pero rodeado de una
claridad casi azul en que veía
flotar mis pensamientos
y mis sentidos interiores, mientras
continuaba la Muerte sacudiendo
las manos empapadas en sus aguas
sobre todas las cosas de la Vida.
       Suaves arbustos de elegante traza
tanto que se alzan como congelados
pues ni un viento los toca ni ave alguna,
y rosas, muchas rosas, todas blancas
como si hubieran sido recortados
y de armoniosas hojas, pero inmóviles,
de un sudario sus pétalos,
invmóviles también cual los rosales
de los que brotan, como manos muertas
y sendas blancas pero solitarias,
frías de luna y frías de silencio,
así está ese lugar en donde nunca
hay noche negra, ni tampoco día,
bajo el encantamiento de la Muerte;
y en medio del estanque, el gran estanque
de aguas también inmóviles y frías,
en el pretil de la Muerte, alta y serena,
que es la única que vive en todo aquello,
que es la única que vive, pues que hunde
las manos en las aguas, en sus aguas,
para rociar con ellas Tierra y Cielo.
       Y yo, no sé, quizá también inmóvil
como si se me hubiera detenido
la sangre, pero no los pensamientos,
recibo aquel bautizo; y siento y veo
deshacerse el Misterio, y poco a poco
siento que mi alma cual desecha en pétalos
va cayendo también en el estanque
de los jardines que encantó la Muerte.

 

Luis Rosado Vega (mexicano; 1873-1958). En: Cuatro siglos de literatura mexicana. Editorial Leyenda, México, 1946.

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Publicado en: Poemas