~Maxine Kumin
Madre, mi buena muchacha
recuerdo esta vieja historia:
tú recién salida del conservatorio
a los dieciocho una especialista en Bach
con una blusa almidonada
suplicando un permiso para ir de gira
con el experto violinista que
no estabas destinada a acompañar y él
echando al suelo su música
la colofonia de su arco
desmenuzando línea a línea
como notas de adorno en la clave de sol
y mi abuelo
ese hombre apreciable al que nunca conocí
restregándote la boca con un pañuelo
diciendo no hija mía de mi alma
arrancándote el relicario de oro que
llevabas sin fotos adentro
y toda la casa alemana en la calle 15
en justificada indignación.
A los dieciocho decidí ser nadadora.
Mi largo cabello goteaba durante la cena
en el plato de porcelana.
Mis dedos se arrugaron como pasas Borges
amarillas de la natación de la tarde.
Mi boca masticó pero yo iba haciendo albercas.
Entré en el agua como un cuchillo.
Era todo músculo y siete puertas.
Una rana en el trampolín.
El rey de las anguilas y su mujer.
Tragué y recé
para que me permitieran entrar al Aquacade*
y mi perfecto papá
que te llevó para fugarse
después de que se rompiera el teclado
y de que el violinista perdiera su estuche
mi papá con salsa en la cara
juró sobre las zanahorias y la carne hervida
que yo no llegaría a ser nada
que fracasaría.
Ahora bien, los padres estrictos están muertos
y yo no fracasé.
En su lugar encontré palabras
para contar la pequeña historia que queda:
las medianoches de mi infancia continúan.
Las escaleras hablan de nuevo bajo tu pie.
La pesada puerta del salón se cierra
y “Clair de Lune”
se pliega desde las teclas obedientes
obvio como un reloj de aula marcando la hora
y lo que oigo más claramente que la canción
de amor de Debussy es el sonido seco
de tus largas uñas retintineando.
*Número artístico que se desarrolla en el agua.
Maxine Kumin (estadunidense; 1925-2014). Traducción de Susan Schreibman y Rosa Lentini. En: Hora de poesía. Septiembre-diciembre, 1987. Lentini Editor, Barcelona.