Al túmulo del Rey Felipe II en Sevilla
~Miguel de Cervantes
“¡Voto a Dios que me espanta esta grandeza
y que diera un doblón por describilla!
Porque ¿a quién no sorprende y maravilla
esta máquina insigne, esta riqueza?
“Por Jesucristo vivo, cada pieza
vale más de un millón, y que es mancilla
que esto no dure un siglo, ¡oh, gran Sevilla!,
Roma triunfante en ánimo y nobleza.
“Apostaré que el ánima del muerto,
por gozar de este sitio, hoy a dejado
la gloria, donde vive eternamente.”
Esto oyó un valentón y dijo: “Es cierto
cuanto dice voacé, seor soldado.
Y el que dijere lo contrario, miente.”
Y luego, in continente,
caló el chapeo, requirió la espada,
miró al soslayo, fuese, y no hubo nada.
Miguel de Cervantes (español; bautizado 9 de octubre, 1547-abril 22, 1616). En: Poesía de la Edad de Oro. I. Renacimiento. Edición de José Manuel Blecua. Clásicos Castalia, Madrid, 1984. [En su libro Cervantes (Salvat, 1986, trad. Elena de Grau) la biógrafa Melveena McKendrick refiere: “Al igual que otras muertes de reyes, la de Felipe II inspiró a Cervantes un epitafio. Para él, como para la mayoría de los españoles, el fallecimiento del monarca que había encarnado la fe militante, se había enfrentado al Turco y había vivido para ver cómo sus sueños de victoria religiosa y unidad empezaban a derrumbarse a su alrededor, debió de significar el final de una era. La mirada poética de Cervantes se fijó en las exequias grotescamente barrocas y pomposas que siguieron a la muerte del rey —otro símbolo, esta vez el orgullo vano de una nación que se estaba refugiando en una enfermiza exhibición de gloria y grandeza—. En la catedral de Sevilla, un enorme catafalco, construido por arquitectos, pintores y escultores de la ciudad en cincuenta y dos días, conmemoraban la muerte del monarca. Escenas de la batalla de Lepanto adornaban este gran túmulo a cuyos lados colgaban inscripciones y epitafios surgidos del ingenio local para la ocasión. Entre ellos se encontraba el poema de Cervantes. Es un poema reverente, más ligero que lo que cabría esperar si no conciéramos las razones del escritor para mantener una actitud ambigua hacia el soberano que no le había concedido precisamente demasiados favores y, al final, aludía con suavidad irónica a la bancarrota de España y a la extravagancia de la conmemoración. El túmulo se había empezado el 24 de noviembre y ya estaba acabado para las fechas de la conmemoración; pero ésta tuvo que suspenderse hasta finales de diciembre a causa de unas discusiones sobre procedimientos y prioridades durante el servicio entre los representantes de la Inquisición y los del Tribunal Supremo, lo que provocó en Cervantes tanto disgusto como hilaridad en la población. El 29 de diciembre recitó su segunda ofrenda, el famoso soneto “Al túmulo del rey Felipe II en Sevilla”, en el tono exagerado de reverente temor del condenado a prisión: ‘¡Voto a Dios, que me espanta esta grandeza…’ Aquella parodia tenía también el poder de crear confusión y el soneto rápidamente obtuvo un enorme éxito del que Cervantes estaba muy orgulloso, aunque no podía hablar completamente en serio cuando se refiere a él en el Viaje del Parnaso (1614) y lo califica como su obra más distinguida”. Por último, Jorge Luis Borges (Textos cautivos, Tusquets, Barcelona, 1986) malcita de memoria el primer verso del poema como “¡Vive Dios, que me espanta esta grandeza!”, en vez de “Voto a Dios…”; pero la observación de Borges funciona igual: “Cuando lo redactaron, vive Dios” (o “Voto a Dios”) “era interjección tan barata como caramba, y espantar valía por asombrar. Yo sospecho que sus contemporáneos lo sentirían así:
‘¡Vieran lo que me asombra este aparato!’
o cosa vecina”.]