~Alberto Girri
I
En penumbras,
sin ver el aire ansioso
y la credulidad egoísta
de los lobos que rodean la mesa,
empieza mi contagio,
y nadie
se atrevería a llamarlo irreal,
a compadecer
los espumarajos de mi boca,
la fuerza epiléptica
que me da la luna llena.
II
Atención, atención,
bostezo,
me duermo,
me separo,
y hagan
como si estuvieran ante un mar
depositario de culpas,
de figuras
que ascienden a la superficie
para santificar sus dolencias.
Las aguas,
la sal que arde, el papel
donde garabateo los mensajes,
corren por mi garganta,
y recojo contornos,
figuras sin pies ni cabeza
pero con un corazón
todavía palpitante;
siempre la muerte,
secuencias de tiempo
que se suplican como expósito,
oh extravagancia.
III
Y acá está
mi poseedor,
un escalofrío me lo anuncia,
y gime, y se sacude en mi cuerpo,
llora la frustración
de ser y no ser,
quiere paz
y es César,
quiere silencio
y detrás de su queja
se oye la voz de su asesino:
“¿Eres algo?
¿Eres algún dios, algún ángel…?”
Recen por él.
IV
Atención, atención,
bostezo,
despierto,
reconozco,
y se esfuman la elocuencia
y el conocimiento portentoso,
cuéntenme ahora
qué miserias atraje,
qué criaturas
expresaron en mí su resistencia
al gran exorcista
que les manda refugiarse en cerdos,
les ordena arrojarse al mar.
Alberto Girri (argentino; 1919-1991). En: Noventa y nueve poemas. Introducción, selección y notas de María Kodama. Alianza Editorial, Madrid, 1988.