~Pablo Antonio Cuadra
Esta es la historia
del Gran Lagarto del Lago.
Le decían El Viejo.
Una lama verdosa lo vestía de siglos.
Por ese tiempo en las arenas
del Sontolar crecía un pueblo:
gente huertera inútil a las aguas,
ranas que no se apartaban de la orilla.
Enfrente –en la isla del Armado—
en la caverna
que todavía le dicen “la cueva del Lagarto”
hizo su nido El Viejo. Día a día
se cruzaba las aguas a devorar los cerdos
y ganados. Acabó con ellos,
devoró a los perros
y una tarde –a la vista de todos—
se llevó un niño.
Una noche
que anclamos en “El Muerto” me contaron
que el pueblo del Sontolar desarmaba sus ranchos
buscando la montaña.
Junté a los moradores
los animé con palabras de hombre
y una flota de botes y arponeros
zarpamos al Armado. Las mujeres
rezaban medrosas de rodillas
y tocaban el cielo con sus gritos.
En la boca de la cueva
armé el lazo con el agua a la cintura.
Los boteros
golpearon a los perros y a la ceba de su llanto
vimos al fondo removerse el fango
que mancó de sucia antigüedad las aguas.
Luego se alzó una ola, un borbollón
oscuro y vimos
la verdosa pupila, el impasible ojo
y llenos de terror huyeron, los cobardes.
Tiré del lazo
pero, solo, apenas pude esquivar al monstruo
que tumbó mi bote a coletazos.
Si no cayera el perro, si a los gritos
no siguiera a los que huían, a estas horas
no contaría el cuento. A duras penas
pude enderezar el bote y escaparme.
En Zapatera
me esperaban con piedras.
Las sombras
me libraron. Y así acabó la historia.
Los cobardes
despoblaron el pueblo.
Pablo Antonio Cuadra (1912-2002). En: Cantos de Cifar y del Mar Dulce. Ediciones Academia Nicaragüense de la Lengua, 1971. 3ª. edición aumentada, 1979.