El exorcista calabrés

       ~¿Francisco de Quevedo?

Venid, viejas, a San Pedro.
Llegad, que ya está el beato
Andreini con hisopos
Preparado a buscar diablos.

Corred, que ya el monacillo
La caldereta ha sacado.
Y ofrece a todas las brujas
El agua bendita a jarros.

Traed en donde os quepa
El agua de San Ciriaco
Que bendice el Padre Estolas
Para lanzar a los diablos.

Mas no vengáis si tenéis
El vientre muy abultado,
Que si la purga hace efecto
Habéis de lanzar venablos.

Que ya empieza el abejorro,
No vengáis tan a espacio,
Que si tardáis, perderéis
Lo que ya está comenzado.

Que sale, por la señal…
Haceos cruces, bellacos,
Que sale, hincad la rodilla
Ante el Satanás Genaro.

Taparvos bien los brujeros
En los altos y en los bajos,
Que suele el diablo esconderse
Por donde ve libre el paso.

Viejas, apretad las nalgas,
Que el demo es napolitano
Y en las viejas se introduce
Siempre por el ojo sano.

No os descuidéis, doncellas,
Con el pozo del pecado,
Que si el diablo le ve abierto
Lo ha de tomar por asalto.

Ojo alerta, que ya empieza
El Satanás ipso facto,
Y los demonios enroscan
Enfurecidos los rabos.

¿Adónde estás, Satanás?
Dice el clerizante al paso.
Y en la trasera de un viejo
Sonó un ruido sordo y malo.

No te escaparás, maldito,
Abrenuncio, dijo al diablo,
Y salió dando ladridos
Por debajo de un letrado.

Azufre huele, dijeron,
Y todos se santiguaron,
Al taparse las narices
Para no oler el pecado.

Acercándose Andreini
A una niña de buen garbo,
La miró el vientre diciendo
Por fuerza tenéis el diablo.

Puede ser, repuso astuta,
Porque ha tiempo que un bellaco
Sin ser Adán me hizo Eva
Junto al árbol del pecado.

Mas os juro por mi vida,
Según le siento y paso,
Que es enfermedad que cura
El tiempo en un novenario.

Vengan diablos, que le sobran
Exorcismos al Genaro,
Y si no los halla, creo
Se ha de entregar a los diablos.

Por el ojo de una vieja
El demonio asomó el rabo
Y al tufillo, el Padre Estolas
Gritó lleno de entusiasmo:

“Ya le he visto, Satanás,
Sal de ahí, perro marrujo”.
Y el diablo dijo: “No quiero,
Que estoy muy bien alojado”.

El guisopo anduvo listo,
Y entre estolas y calvarios
Fue estrujándose el demonio
Hacia el vejanco espinazo.

La energúmena gritaba,
“Salta-tumbas Chiribato,
Deja al demonio conmigo
Que tengo el alma en su armario.

–No te dejo, Pater noster,
Sal de ahí enemigo Malo”.
Y en un Jordán de agua sucia
Ideó ahogar al diablo.

La pobre vieja a estrujones,
Rompieron el espinazo
Y al diablo daba del cura
Los exorcismos bellacos.

Al fin que el diablo saliera
Logró el hisopista Magno
Y el ojo de la energúmena
Lanzó truenos y relámpagos,

Bandera las haldas hizo
De la pobre vieja el diablo
Y entre espinas y piltrafas
Fue su rabo deslizando.

Vade retro, Satanás,
Dijo Andreini, y de un salto
De la vieja a una doncella
Supo el demonio hallar paso.

La doncella que se siente
Con semejante embarazo,
Da un grito cual una loca
Y al calabrés pide amparo.

Empiezan los exorcismos
El agua y los guisopazos,
Y a la endiablada convierten
En percha de escapularios.

Satanás erre que erre
A la moza da porrazos;
Ella grita, él patea
Y el calabrés suda a cántaros.

Viendo que a nadie obedece,
El sacristán toma un palo,
Y a la pobre endemoniada
La hace un cardenal de a palmo.

“Que ya sale, gritaba”,
Y por la boca un trapajo
Echó, con su estallido
Que hizo sonar un monago.

“¡Jesús! ¡Jesús! dicen todos,
Señor, líbranos a malo”.
Y el suelo besan las viejas
Poniendo el envés muy alto.

De repente sonó un golpe,
Y dos cuernos asomaron
A la puerta de la iglesia
Que dejó abierta el monago.

El calabrés se apercibe
Del gran poder de aquel diablo
Y a cerrar marcha la puerta
Para mejor conjurarlo.

Mas el diablo, que era un toro
De una carreta escapado,
Arremete al calabrés,
Al que hace volar cual pájaro.

Viendo en el aire las viejas
A su querido Genaro
Imaginan que a los cielos
Se va huyendo de los diablos.

Llévanos, le dicen todas
Banderizando los mantos
Y el toro, por contemplarlas,
Arriba las va mandando.

La caldereta e hisopo
Arroja el cuerdo monago,
Y el demonio a dos cabezas
Visita en este agasajo.

El calabrés al bajar
Del cielo, pegó un zarpazo
Sobre dos de sus devotas
Que le envían a los diablos.

Y viendo que sus ovejas,
Del redil se han escapado,
Con estola y con bonete
Busca en la calle su amparo.

El toro sale a su encuentro,
Y aunque corre más que un gamo,
En la puerta segoviana
Logra por fin atraparlo.

Los corchetes de la villa
Las varas van levantando,
Gritando que el Calabús
Auxilien contra los diablos.

Luego después que el demonio
Dejó al Satanás Genaro,
A la vega se marchó
Con sus queridos hermanos.

Y entre tanto el calabrés
A San Pedro retornaron
Entre lloros de las viejas
Y risas de los muchachos.

Unos dicen que fue toro
El de los cuernos y el rabo
Y otros y otras aseguran
Que fue el verdadero diablo.

Desde entonces Andreini
Tiene singular cuidado
De no evocar los demonios
Que enseñan cuernos y rabo.

Y al pasar las calles
Le señalan los muchachos
Como el mayor embustero
Que de Italia ha llegado.

 

¿Francisco de Quevedo? (español; 1580-1645). En: Francisco J. Flores Arroyuelo: El diablo en España. Alianza Editorial, Madrid, 1985. [Dice el autor sobre el poema: “Quizás, la mayor y más sangrienta burla de los exorcistas, sea el romance titulado El exorcista calabrés, que alguna vez ha sido atribuido a Quevedo”. No viene incluido en la Poesía original completa de Quevedo. Edición, introducción y notas de José Manuel Blecua (1971). Planeta, Barcelona, 1983.

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Publicado en: Poemas