~Ana María Moix
El asesinato se produjo a mediodía, en plena calle y bajo el sol. De la otra acera empezaron a disparar y caí en redondo, tratando de imaginar qué clase de pájaro saldría de mi pecho cuando se acercara un compañero para recibir mi último mensaje: que el muchacho que vendía periódicos en la esquina llegaría a ser rey en Nueva York.
Yo hubiera deseado verme entrar enfurecida en la pequeña sala del Café Boscán y pistola en mano buscar entre las mesas su rostro ladeado hacia otro rostro. Hablaba palabras húmedas, enmohecidas. Hubiera pegado su frente al cañón de la pistola y, tan sublime como siempre fue, aún me daría las gracias por haberle proporcionado el frescor del hierro en los últimos momentos de su vida. Los gavilanes de medianoche se levantaron, sobrecogidos, de las mesas. En mitad del fox se oyó un disparo y al encenderse las luces me vieron a mí, besando la sangre que cruzaba el rostro de la sombra. Tenía un sabor agridulce y al despertar de mi sueño lo contaba. Porque aunque pensé muchas veces en hacerlo, yo nunca iba a dejarme sufrir tanto. Por eso cada noche, al acostarme, me concentraba en el suceso para soñarlo. Al despertar, por la mañana, me pesaba en los labios la sangre espesa de la sombra.
El corazón de Charo flota sobre las aguas del Delta como una flor endamascada. Fue asesinada al amanecer. En los raíles del tren se han encontrado fragmentos del dietario de su amor. Relatos de luna llena, caligrafía imposible, Cristo crucificado, ¿qué pasó? Adamo guarda silencio en el Olimpia y las monjas del Sagrado Corazón cubren el cuerpo mutilado con flores de azahar. Qué historia más extraña la de algunas colegialas.
Cerré la puerta. Bajé las escaleras. Tropecé con el sereno y se rompió el silencio. Le supliqué con un gesto que no lo dijera y lo dijo: “Hoy no vienen, señorita; no les toca”. Y aún no había vuelto yo la esquina oí cómo le iba con el cuento al guarda de la taberna: “Está loca esta chica. Cada día, a las doce, baja para abrir la puerta a los muertos”. Tuve que retener a tío Jacobo que quería retarle a un duelo. Tío Jacobo murió antes del 36 y no estaba acostumbrado a la mala educación de los serenos con las señoritas.
Ana María Moix (española; 1947-2014). En: José María Castellet, Nueve novísimos. Barral Editores, Barcelona, 1970.