~George McWhirter
La iguana
La iguana, en su cabeza un pico,
ojos en ambos lados para guiarse
mientras inscribe
líneas de aire en la piedra.
Líneas delicadas
como el agua en el río.
Líneas que caen del cielo.
Una se embarca en su nariz, la otra
en su esqueleto serpenteante
–la luz, el mundo visible, este advenimiento–,
vivo como la brillante iguana
que se desliza garganta abajo
y azota su cola
en los labios del campesino.
A su debido tiempo la iguana
se vuelve sangre, sustancia
tan viva como el agua:
harina y levadura
en la panadería
donde hacen pan de Adviento.
Más tarde
la retiran de la balanza,
el panadero infla la masa.
la masa responde.
Se hincha como respiración
en el vientre de un cachorrito.
Reparto agrario
Reparten gratis las hectáreas
como la sopa en la posguerra.
Como la sopa negra aquí en el valle
de Cuautla.
Siete hectáreas
porque mi esposo fue coronel.
Cuarenta días tardamos en llegar
penosamente del norte
a la ciudad de México.
Durante cuatro días comimos
puras tortillas
mientras atravesábamos los cerros
de Tepoztlán.
De siete a siete trabajábamos.
De siete a siete en siete hectáreas.
De ese tamaño fue nuestro matrimonio,
él y yo, lado a lado.
En cuanto el sol se hundía en el polvo,
extendíamos nuestro petate.
En cuanto el coronel se hundió en el polvo
vendí nuestras siete hectáreas.
La tierra es como el amor:
dos hacen falta para que funcione.
Sólo puedo mostrarles esto:
un techo, un sembradío, siete hectáreas
encogidas hasta ser nada,
como aquel paliacate
que me puse para casarme. El amor
es una tierra para que dos la trabajen.
De siete a siete, ya lo he dicho.
Abiertos a los cerros y a los cielos.
George McWhirter (irlandés; 1939). En: José Emilio Pacheco: Aproximaciones. Editorial Penélope, México, 1984.