Coloquio de los Centauros (Fragmento)
~Rubén Darío
A Paul Groussac
En la isla en que detiene su esquife el argonauta
del inmortal Ensueño, donde la eterna pauta
de las eternas liras se escucha –isla de oro
en que el tritón elige su caracol sonoro
y la sirena blanca va a ver el sol—un día
se oye un tropel vibrante de fuerza y de armonía.
Son los Centauros. Cubren la llanura. Les siente
la montaña. De lejos, forman són de torrente
que cae; su galope al aire que reposa
despierta, y estremece la hoja del laurel-rosa.
Son los Centauros. Unos enormes, rudos, otros
alegres y saltantes como jóvenes potros;
unos con largas barbas como los padres-ríos;
otros imberbes, ágiles y de piafantes bríos,
y de robustos músculos, brazos y lomos aptos
para portar las ninfas rosadas en los raptos.
Van en galope rítmico. Junto a un fresco boscaje,
frente al gran Oceano, se paran. El paisaje
recibe de la urna matinal luz sagrada
que el vasto sol suaviza con límpida mirada.
Y oyen seres terrestres y habitantes marinos
la voz de los crinados cuadrúpedos divinos.
Rubén Darío (1867-1916). En: Poesías completas. FCE, México, 1952. (1ª. reimpresión, 1984).
Galope de la Ilíada
~Alfonso Reyes
Tesalia, Pilos, Élide, Sición, Laconia, Creta
–yeguadas conocidas de larga tradición–,
sus ágiles corceles brindaron al poeta
para atronar los llanos de la ventosa Ilión.
Hay brutos de crianza divina o de secreta
generación olímpica, y a los del Pelión
el Céfiro y la Arpía dieron su sangre inquieta
y gozan un instante de habla y de razón.
Entre el cielo y la tierra cruzan los Inmortales,
las bridas sacudiendo de oro y marfil trenzadas.
Dioses, demonios, númenes, humanos y animales;
nubes, olas y piedras y árboles; y espadas,
picas, flechas y carros, arneses y metales
cabalgan un océano de sílabas rizadas.
Alfonso Reyes (1889-1959). En: Homero en Cuernavaca. Estudio preliminar de Arturo Dávila. UANL, Monterrey, 2013.