Carta de México

~Tristan Corbière

                      Veracruz, el 10 de febrero
Fiásteis el pequeño a mi cuidado.
         –Ha muerto.
Y con él varios otros camaradas,
                              pobrecito.

De la tripulación no queda nadie.
Acaso volveremos; unos cuantos
por lo menos: tal es nuestro destino.

Esta palabra –marinero—cifra
lo que hay de más hermoso para un hombre.
Toda la gente sobre tierra firme
quisiera serlo, no me cabe duda.
(Los disgustos aparte. Si no fuera por eso…
Pero, ya se ve, cuestan caros
los aprendizajes.)

Lloro al deciros estas cosas, yo,
el viejo Frère la Côte.
Mi sangre hubiera dado por la suya,
mil veces. Mas ¿qué puedo
yo, si tamaño mal no sabe de razones?

Parece aquí la fiebre un marzo cuaresmeño.
Uno va al cementerio a recibir la parte
que le corresponde.
A lo cual nuestro joven zuavo –incorregible
parisiense—gustaba de llamar
“Le jardin d’acclimatation”.

Consolaos. Él no es el único; todos
mueren aquí como si fueran moscas.
… Encontré unos recuerdos en su saco de lona:
el retrato de una
muchacha, dos sandalias diminutas,
y (lo siguiente manuscrito):
regalos a mi hermana.

Quiso que la mamá tenga noticia
de sus finales devociones;
y ha de saber el padre,
                           también a su deseo,
que hubiese “preferido caer en la batalla”.

Dos ángeles velaban su agonía:
el uno, marinero; viejo soldado el otro.

Tristan Corbière (1845-1875). En: Jaime García Terrés, Baile de máscaras. Ediciones del Equilibrista, México, 1989.

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Publicado en: Poemas