~Francis Jammes
Las canteras del cielo se hunden y las nubes bajan a la tierra a prenderse en las ramas dejando arriba, en su lugar, el vacío azul. Nubes blancas y rosadas hacen aquí un frutal; nubes moradas y de color de carne hacen allá un jardín de recreo; las negras construyen aquí una selva; las de puro sol, allá, una banda de juncos.
Yo quiero escribir el elogio de algunos árboles.
EL DURAZNERO
Parece un enjambre de abejas color rosa, tan perfumadas como los panales, y por eso el fruto, velludo como una abeja, tiene el color de la miel.
EL MANZANO
Es redondo. Su fruto es redondo, colorado y blanco, como es blanca, colorada y redonda la mejilla de ese niñito merodeador que salta el muro del huerto.
EL ALMENDRO
Los dedos de Dios han aplanado la almendra, dejando sobre la corteza un poquito de incienso y dentro una gota de leche cuajada.
EL PERAL
Es como un peregrino metido en un ropaje cónico, apoyado en un bastón nudoso, que asiste al milagro de ver cómo sus frutos toman su agua fresca del fuego del sol.
EL CIRUELO
La piel de las ciruelas es tan fina que, cuando se separa, no es más que una telita transparente. En la carne viva sangra el sol.
EL CEREZO
El cerezo es el coral del mar celeste y un ramo de cerezas es más pesado de lo que parece.
EL NÍSPERO
Sus flores son eglantinas blancas. La piel de su fruto redondo, que tiene arriba una corona, es lisa, roja y a menudo plateada como una joven rama de encina; la carne, agridulce, de color de miel, guarda varios huesecitos brillantes. El níspero no se come sino pasado, en diciembre; es una crema de hojas muertas, y, como se queda solitario en el huerto, lleva sayal.
EL CASTAÑO DE INDIAS
Sus manos arrugadas de sombra rodean mil tirsos del color del salmón o blancos, manchados de rosa. Sus esferas, rosadas primero, morenas después, erizadas como mazas de armas, se abren al caer dejando escaparse de la piel blanca y resbaladiza, las castañas rebotantes, barnizadas como muebles antiguos.
EL LIMONERO
Su caña con vetas como una nuez moscada, se eleva de una caja cuadrada y verde. Las hojas son rígidas y las flores duras y tan perfumadas que se dirían granos de incienso que el sol disuelve y hace caer en gotas sobre la calzada. El fruto, de un amarillo claro, muestra, al cortarlo transversalmente, la forma de un rosetón de iglesia.
EL OLMO
Es la fiesta de la aldea. Danzan en la plaza los obreros. Las botellas de limonada lucen sobre la mesa del albergue y las ramas del olmo, retorcidas como relámpago, sostienen tal cantidad de follaje que se dirían masas de sombra nocturna en pleno día.
EL SAUCE LLORÓN
Es un aguacero de verdor.
EL ABEDUL
Las hojas triangulares y tan temblorosas del abedul, hacen un ruido como de lluvia. El tronco, que suelta finamente la corteza, tiene blancura de cal, y las cicatrices negras parecen en él ojos hechos conforme a los métodos de dibujo.
LA HIGUERA
La hoja trilobada, de ángulos redondeados y profundamente verde, da en los dedos la sensación de una mejilla rasurada. Si la arrancan a la rama, muy flexible, que ella corona con un fresco ramillete, deja gotear una leche acre. El higo maduro es, por fuera, verde o color de vino según la especie, y, por dentro, color de carne y de miel. Parece un animalito obeso en el que la cabeza y las patas se hubieran atrofiado hasta desaparecer.
EL AVELLANO
Hay nidos de pájaros, nidos de flores y nidos de frutos.
Se sorprenden los nidos de avellanas al borde de las aguas, soldados a las ramas flexibles por la base de sus gorgueras verdes y ácidas. Despojada de la gorguera la avellana, dentro de su cáscara de madera clara, tiene la forma y el tamaño de un huevo de pajarito.
Francis Jammes (francés; 1868-1938). En: Gabriela Mistral, Lecturas para mujeres. Secretaría de Educación, Departamento Editorial, México, 1923.