~Ovidio
(Metamorfosis, II, 708-832.)
El dios Hermes volaba, con todo y su célebre caduceo,
Sobre los campos de Muniquia, ciudad famosa
Por su puerto, y por ser tierra
Grata a Palas, y a los árboles del Liceo.
Hermes sobrevolaba, también, un día especial:
Era el día de Palas. Y cundían las vírgenes
En la ciudadela. Sobre la cabeza llevaban canastitas
Con flores y colguijos personales.
Hermes, que volaba, al verlas, no deja de volar
Para verlas de nuevo. Entonces Hermes no volaba ya:
Era un ave de rapiña como a la espera, impaciente,
De que termine el sacrificio para que los sacerdotes
Se retiren de la víctima y dejen los restos
Libres.
Hermes vuela en círculos, va y viene,
Su vuelo traza una línea y regresa, y se suspende
Y vuela de nuevo, con el temor de perder la presa.
Cualquiera ha visto la estrella Venus,
Cualquiera sabe que brilla
Más que las otras estrellas. Y cualquiera
Sabe que brilla más la luna de oro.
Así era Herse, así era esta virgen: sobresalía
Entre el brillo de las otras vírgenes.
Andaba, adornada, entre las otras, y al andar
Era como el adorno del andar de las otras.
A Hermes, hijo de Júpiter, le ocurrió
Lo que le ocurre a un proyectil de catapulta:
Una vez en el aire encuentra el calor
Que antes no tenía y ahora vuela en llamas.
Hermes va directo hacia la tierra,
Sin pensar, como deben pensar los dioses,
En disfrazarse. Se le olvida el disfraz; o mejor:
Piensa que, como dios, su disfraz es su hermosura.
Pero incluso los dioses se acicalan:
Hermes se arregla el pelo, y se ajusta la clámide
De modo que se vea su lado mejor: el lado de oro,
Y busca que la vara en su mano derecha
Deje de producir sueño –lo cual es la mayor
De sus funciones—para que, quienes lo vean,
Vean el brillo exacto de sus sandalias con alas
En sus pies intocados por la tierra.
Vemos ahora el palacio de estas vírgenes.
En la parte de atrás había tres cuartos
Adornados de concha y marfil. Tú, Pandrosa,
En el cuarto a la derecha; Aglaura, a la izquierda
Y Herse en el centro.
Hermes llegó
Al cuarto de la izquierda, el de Aglaura, quien tuvo
El valor o las ganas de preguntarle
Cómo se llamaba, a qué venía.
“No es por presumir”, respondió Hermes,
“Pero soy, en fin, el nieto de Atlas y Pleyona.
Y soy sólo un correo. Pero un correo por los aires
Enviado –no quería decirlo—por mi padre
Júpiter.
No te mentiré: no quiero contigo: quiero
Con tu hermana Herse: qué más quieres
Que ser tía de tus sobrinos: los hijos
De Herse y míos, porque Herse
Es la razón de que yo esté aquí.
Quizá sea mucho pedir
Pero te pido—no es mucho—que ayudes
A un amante y me hagas el favor con Herse”.
Aglaura lo mira con los mismos ojos duros con que atisbó
El secreto de la rubia Minerva. Decide
Prestarle a Hermes tal servicio por una cantidad
Inmensa de dinero. Mientras, le dice que se vaya.
Minerva, la diosa de la guerra lanzó sobre Aglaura
Una mirada de pocos amigos; por la rabia, la respiración
Se le agita tanto que le sacude el pecho, y el pecho
Le sacude la égida que ella tenía puesta sobre él.
Minerva recuerda que Aglaura ha profanado
Los secretos cuando vio al hijo de Vulcano,
Dios de Lemnos, nacido sin madre.
Y eso no era lo dispuesto para Aglaura.
Minerva se enfurece aún más al pensar
Que Aglaura tendrá todo el agradecimiento
No sólo de Hermes, también de su hermana,
Y su codicia, además, la cubrirá de oro.
Minerva se dirige de inmediato
A la casa de la Envidia. Es una casa
Con manchas de lama negra y podrida.
Está metida en el fondo de un valle,
Ahí no llega el sol, por ella no pasan
Los vientos. Quien llega ahí, no sabe
Por qué se paraliza de inmediato,
Hasta que entiene que es obra del frío.
La oscuridad es tan densa como el agua; nadie
Se pregunta entonces por qué el fuego
Nunca se ha asomado por ahí. La lobreguez
Es lo más cálido que hay en la casa.
Minerva, virgen por siempre, más dura
Que el varón para la guerra, llegó a la puerta.
Recordemos que no puede ir más allá.
Golpeó entonces con la punta de su lanza.
La puerta se abre y Minerva sorprende
A la Envidia en pleno almuerzo:
Su alimento favorito son las víboras.
Minerva aparta los ojos con asco.
La Envidia se levanta con trabajo del suelo,
Dejando las serpientes a medio devorar,
Y da pasos arrastrados. Cuando ve el brillo
De las armas, y la hermosura de la diosa
Que la busca, la Envidia gime
Mientras la cara se le contrae. La palidez
Le cubre todos los rasgos; tiene el cuerpo
Macilento, no puede mirar de frente,
Tiene los dientes como el bronce por el sarro,
Tiene el pecho verdinegro por la hiel,
Tiene la lengua cuajada de veneno,
Tiene la sonrisa congelada—sólo sonríe abiertamente
Cuando ve a alguien padecer. No tiene
El don del sueño (no cesan de agitarla
La expectación y la inquietud), y el éxito
De la gente la llaga, y sólo ve
Resentida los triunfos de la gente
Y busca consumirlos, y la lucha
Por consumirlos la consume.
Este es su martirio.
Minerva no puede disimular su odio. Le dice
Con la mayor brevedad posible: “Necesito
Que envenenes a una de las hijas de Cécrope.
Es Aglaura”.
No dijo más. Se impulsó
Tocando tierra con su lanza, y se dio al vuelo.
La Envidia sigue con su mirada torva
A la diosa que huye. Suelta un débil quejido:
Ya le duele el éxito que ella misma dará a la diosa.
La Envidia toma su bastón, rodeado por completo
Con tiras de espinas, y parte. La escoltan
Nubes negras a su paso, y a su paso
Despedaza las flores de los campos,
Quema la hierba, descabeza las amapolas.
Su aliento infecta los pueblos,
Ensucia las ciudades, mancha
Puertas y ventanas de las casas.
La Envidia ve por fin la ciudadela de Minerva.
Ahí reverdece la gente con talento.
Hay riqueza y uno se acuerda de pronto
Del propio corazón y lo ve lleno de gozo.
La Envidia está a punto de romper
En llanto, porque no encuentra en lo que ve
Motivo de llanto. Apenas se distrae
Cuando entra al cuarto de Aglaura a cumplir lo ordenado.
La mano de la Envidia es herrumbrosa.
Con ella toca el pecho de Aglaura
Y el corazón de la muchacha se vuelve
Un brotadero de espinas.
Le da luego un golpe de su aliento
Y la pestilencia cunde por los huesos
De Aglaura. Y sus pulmones
Se encargan de llevar a todo el cuerpo
Un veneno negro.
Pero falta
La causa central del sufrimiento:
La Envidia pone entonces
Ante los ojos de Aglaura
La dicha de la hermana: el feliz matrimonio
Que vendrá—ni más ni menos: con un dios.
Y la Envidia agranda la hermosura del dios
Porque una especialidad de la Envidia
Es agrandar las cosas, exagerar la gloria
De los otros.
Aglaura lo piensa y ya está
Revolcándose, por dentro, frente a lo que ve:
Ha llegado el dolor a sus entrañas,
Y el corazón
Quiere morder de noche y de día,
Y de noche y de día es mordido
Por un dolor oculto.
Aglaura, la infeliz
Se consume lentamente. Uno piensa
En cómo el hielo herido se derrite
Muy despacio con un sol de invierno.
O uno piensa también en cómo el fuego
Quema por lo bajo unos zarzales
Hasta consumirlos sin que las llamas
Se hagan invisibles, al ver a Aglaura devorada
Por las dotes de su hermana Herse.
“Antes muerta”, piensa Aglaura a ratos,
“Que darles gusto a mi hermana y su novio
Con mi presencia en la boda”.
Y a ratos
Tiene un impulso: denunciarlos
Con el padre de ambas, como quien
Denuncia –inventa—un crimen.
Decide al fin
—Si decidir se llama este impulso—sentarse
A la puerta de la casa, y que el dios no entre.
Hermes llega ante Aglaura. Intenta —con caricias,
Con ruegos, deferencias, suaves palabras—lograr
Que le dé paso. Aglaura es inflexible: “Si no
Te quitas tú de aquí, yo no me quito”.
Hermes, lo sabemos, es muy rápido
Y al vuelo contestó: “Muy bien: este es un pacto:
Si no te quitas tú, de tus propios ojos
Me quitaré yo”, y acto seguido
Apuntó su caduceo, su vara mágica hacia la puerta
Y la puerta se abrió. Aglaura quiere impedir
La entrada de Hermes, pero su cuerpo ya no
Es su cuerpo: son meras partes, sentadas
Sobre ellas mismas.
Son peso irremontable contra Aglaura
Mientras Aglaura lucha por erguirse y ponerse de pie, pero
Los tendones de sus rodillas están ya rígidos, el frío
Es lo único que llega a las uñas luego de que las venas empalidecen
Por la falta de sangre. Uno piensa entonces en un cáncer incurable
Que se extiende de las partes enfermas a las sanas y pone reino
En ellas: la muerte, que es una forma del frío, toca pausado puerto
En el pecho de Aglaura, y le cierra las rutas de la vida al cerrarle
La respiración.
Aglaura no intenta
Ni hablar. De intentarlo
Hablaría ya la piedra.
Su cuello es ya cuidado
De la piedra.
Su cara, ya materia
De la piedra.
Su cuerpo, piedra.
Y no una piedra
Blanca, como fue
Ella exactamente
Sino una obra
De piedra con el alma
Ennegrecida
Por los oscuros
Pensamientos.
En: Fábulas de Ovidio (latino; 43 a. C.-17 ó 18 d. C.). Versiones de Luis Miguel Aguilar. Cal y arena, México, 2001.