~Frank O’Hara
A ustedes no, pulcras revistas y negruzcos periódicos
con sus estudiosas incursiones hacia la pomposidad de las hormigas,
ni a ti, teatro experimental en donde la Fruición Emotiva
celebra perpetuamente sus bodas con la Inspiración Poética,
ni a ti, Gran Ópera Ambulante,
obvia como una oreja —aunque tú estés
más cerca de mi corazón—, sino a ti, Industria del Cine,
es a la que amo.
En época de crisis tenemos que decir una y otra vez a
quién amamos.
Y honrar a quien honor merece: no a la enfermera almidonada
que me enseñó
cómo ser malo y no malo en vez de bueno —y que últimamente aprovecha esta situación—, ni a la Iglesia Católica,
que en el mejor de los casos es una introducción demasiado formal
a las diversiones cósmicas,
ni a la Legión Americana, que a todo el mundo odia, sino a ti,
gloriosa Pantalla Plateada, trágico Tecnicolor, moroso Cinemascope,
estirada Vistavisión y sorpresivo Sonido Estereofónico, con todas
sus grandiosa dimensiones, reverberaciones y herejías. A
Richard Barthelmes como el muchacho recomendado, descalzo y en
pantalones,
a Jannette MacDonald la de la cabeza y labios flameantes y el
enorme cuello enorme,
a Sue Carroll mientras posa sonriente para la eternidad en la
estropeada defensa de un coche,
a Ginger Rogers con su peinado a-la-roll balancéandose como una
longaniza
sobre sus hombros evasivos, a la espectacular sonoridad de los
pies de Fred Astaire,
a Eric von Stroheim, el seductor de las jadeantes consortes de los
arribistas,
a los Tarzanes, todos y cada uno de ellos —no puedo decir que
prefiera
a Johnny Weismuller que a Lex Baxter, ¡no puedo!—, a Mae
West en un trineo adornado con pieles,
su esplendor de burdel y sus frases dulces, al lunar Rodolfo
Valentino,
a sus demoledoras pasiones, y asimismo lunar, la gentil Norma
Shearer,
a Miriam Hopkins cuando arroja su copa de champaña desde
el yate de Joel McCrea
y llora sobre el mar picado, a Clark Gable al sacar a Gene
Tierney
de Rusia y a Allan Jones cuando salva a Kitty Carlisle de Harpo
Marx,
a Cornel Wilde cuando tose sangre sobre las teclas del piano
mientras Merle Oberon lo regaña,
a Marylin Monroe en sus taconcitos altos contonéandose por
las cataratas del Niágara,
a Joseph Cotten confundiendo y a Orson Welles confunido y a
Dolores del Río
almorzando orquídeas y rompiendo espejos, a Gloria Swanson
cuando se reclina
y a Jean Harlow cuando se reclina y se mece, y a Alice Faye
cuando se reclina,
se mece y canta, a Mirna Loy, tranquila y sabia, a William
Powell
con su sorprendente urbanidad, a Elizabeth Taylor floreciendo, sí,
a todos ustedes
y a todos los demás, los grandes, los casi-grandes, los principales,
los extras,
que pasan rápido y en sueños repiten una o dos de sus líneas,
¡todo mi amor!
Que por mucho tiempo iluminen el espacio con sus apariciones,
demoras
y enunciaciones maravillosas, y que como una estrella los cubra
el dinero del mundo
mientras descansan después de un largo día bajo los reflectores
con sus rostros
empacados para edificación nuestra, del mismo modo en que,
muchas veces, las nubes vienen por la noche
y los cielos operan en el star system. ¡Están sentando
un divino precedente! Giren, carretes de celuloide, como la gran
tierra.
Frank O’Hara (estadunidense; 1926-1966). Trad. de Antonio Saborit. Libro inédito de traducciones.