6 enero, 2014

En dónde fue

       ~Rudaki

Vino a mí.
                   ¿Quién?
Ella.
         ¿Cuándo?
Al amanecer, con miedo.
                                          ¿A qué?
A la rabia.
                  ¿De quién?
Su padre.
                  ¿Y entonces?
La besé dos veces.
                                ¿Dónde?
Su boca húmeda.
                           ¿Boca?
No.
         ¿Entonces?
Joya, joyísima.
                          ¿Cómo estaba?
Dulce.

Rudaki (859-940/941). Versión de Basil Bunting en Complete Poems. New Directions, Nueva York, 2000. (Versión al español de Luis Miguel Aguilar.)

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       ~Kyra Galván

       Entre el Yin y el Yang
                  ¿cuántos eones?
         JULIO CORTÁZAR

Contradicciones ideológicas al lavar un plato. ¿No?
Y también quisiera explicar
por qué me maquillo y por qué uso perfume.
Por qué quiero cantar la belleza del cuerpo masculino.
Quiero aclararme bien ese racismo que existe
entre los hombres y las mujeres.
Aclararme por qué cuando lavo un plato
o coso un botón
él no ha de estar haciendo lo mismo.
Me pinto el ojo
no por automatismo imbécil
sino porque es el único instante en el día
en que regreso a tiempos ajenos y
mi mano se vuelve egipcia y
el rasgo del ojo se me queda en la Historia.
La sombra en el párpado me embalsama eternamente
como mujer.
Es el rito ancestral del payaso:
mejillas rojas y boca de color.
Me pinto porque así me dignifico como bufón.
Estoy repitiendo/continuando un acto primitivo.
Es como pintar búfalos en la roca.
Y ya no hay cuevas ni búfalos
pero tengo un cuerpo para texturizarlo a mi gusto.
Uso perfume no porque lo anuncie
Catherine Deneuve o lo use la Bardot
sino porque padezco la enfermedad
del siglo XX, la compulsión de la posesión.
Creer que en una botella puede reposar
toda la magia del cosmos,
que me voy a quitar de encima
el olor de la herencia,
la gravedad de la crisis capitalista,
porque a pesar de todo/hembra.
Se dice que las mujeres débiles/que los hombres fuertes.
Sí y nuestras razas tan distintas.
Nuestros sexos tan diversamente complementarios.
Yin & Yang.
La otra parte es el misterio que nunca desnudaremos.
Nunca podré saber –y lo quisiera—
qué se siente estar enfundada en un cuerpo masculino
y ellos no sabrán lo que es olerse a mujer
tener cólicos y jaquecas y
todas esas prendas que solemos usar.
Dos universos físicos en dialéctica constante
con la nostalgia de una unión duradera
donde la fusión de los dos desconocidos
llegue a la profundidad del entendimiento.
Hay una necesidad compulsiva
de dar razones para la escisión
para agudizar racismos con sonrisas
Y las amigas                                  y los amigos
                      ellos comprenderán
Ellos entienden la distancia que te separa
del amigo/amado/enemigo/desconocido.
         Que la reconciliación es un esfuerzo máximo.
La unión, la sublimación
         de nuestros propios misterios.
Que el lavar un plato
significa a veces afirmar
las contradicciones de clase
         entre el hombre y la mujer.
        
En: Kyra Galván (1956), Un pequeño moretón en la piel de nadie. Ediciones Contraste, México, 1982.

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2 enero, 2014

La Fedra

       ~Osip Mandelstam

Nunca veré la Fedra del gran renombre,
En algún teatro viejo, veleidoso
De palcos y pasillos, con candiles
Gimientes, parpadeantes; con las filas
Más altas de butacas cubiertas por el tizne.
Indiferente a la jactancia y vanidad de los actores
Mientras cosechan los aplausos,
Yo nunca oiré ese verso subiendo entre las luces,
Cruzando la tramoya y apoyándose
En la elegante rima del pareado:
–Qué repugnantes se me vuelven estos velos…

Es el teatro de Racine. Una barrera inmensa
Nos separa de ese mundo diferente;
En sus pliegues fluctuantes e imprecisos
El telón cuelga entre su mundo y éste, el nuestro.
Los chales clásicos caen de lentos hombros,
Una voz sube de tono al entregar
–En una sílaba que arde al rojo vivo,
Con un estilo intenso—la carga del sufrimiento,
Templada por el sol de indignación…

Llegué muy tarde al festival de Racine.

Los programas de mano ruedan muertos
Por el teatro, el aire los levanta,
Y la gloria se resume en el olor
De una perdida cáscara de naranja.
Y en eso, como si despertara de un letargo
De siglos, el hombre junto a mí atina a decirme:
“Me dejó como muerto la furia
Desquiciada de Melpómene;
Yo lo único que quiero en esta vida
Es un poco de paz. Mejor nos vamos yendo.
No tarda en descolgarse desde el público
Una selecta punta de cabrones
Para golpear a la Musa hasta matarla”.

Si algún griego mirara un rito nuestro…

En: Osip Mandelstam (1891-1938), Selected Poems. Ed. David McDuff. The Noonday Press, Nueva York, 1975. (Versión al español de Luis Miguel Aguilar.)

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