~Wallace Stevens

I

Un viejo está sentado

A la sombra de un pino

En China.

Contempla una flor

Azul y blanca

Que a la orilla de la sombra

Se mueve en la brisa.

Su barba se mueve en la brisa.

El pino se mueve en la brisa.

Así fluye el agua

Sobre la hierba.

II

La noche es del color

Del brazo de una mujer:

La noche, la femenina,

Oscura,

Flexible y fragante,

Se oculta.

Un estanque brilla

Como un brazalete

Agitado en la danza.

III

Me mido contra

Un árbol alto.

Descubro que soy mucho más alto,

Porque llego hasta el sol

Con los ojos;

Y llego hasta la orilla del mar

Con los oídos.

Sin embargo me disgusta

La manera en que las hormigas

Entran y salen de mi sombra.

IV

Cuando mi sueño estaba cerca de la luna,

Los blancos pliegues de su túnica

Se llenaron de una luz amarilla.

Las plantas de sus pies

Enrojecieron.

Su cabello se llenó

De ciertas azules cristalizaciones

Provenientes de las estrellas

No muy lejanas.

V

Ni todos los cuchillos de los faroles,

Ni los cinceles de las calles largas,

Ni los mazos de las cúpulas

Y altas torres,

Pueden esculpir

Lo que una sola estrella

Brillando entre las hojas de la vid.

VI

Los racionalistas, de sombreros cuadrados,

Piensan, en cuartos cuadrados,

Mirando al piso,

Mirando al techo

Se limitan

A triángulos rectos.

Si probaran figuras romboidales,

Conos, líneas ondulantes, elipses—

Como, por ejemplo, la elipse de la media luna—

Usarían sombreros mexicanos.

 

Wallace Stevens (1879-1955). En: Isabel Fraire, Seis poetas de lengua inglesa. Sep/Setentas, México, 1976.

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8 enero, 2014

He aquí lo que sucede

~Jaime Sabines

He aquí lo que sucede:
es el once de octubre en la mañana,
1951, en México.
Frío y sol, pero frío
en viento, agudo, alegre. Frío
por todas partes.
En un tercer piso de la calle de Cuba
vivimos varias gentes
de las que el más importante, ahora, soy yo.
Yo soy.
Yo estoy tirado en mi cama
y yo escribo esto.
Yo escucho en el piano del radio
un anuncio de Beethoven.
Yo tomo café y escucho
también motocicletas y camiones
y martillos y gentes.
Yo estoy alegre.
Supe, hace rato, que estaba alegre
porque me puse a cantar
y a decirle al locutor que era un tonto
y a la vida que era estupenda.
Me alegraron unos cieguitos del piso de abajo
que tenían una guitarra y cantaban.
Me alegró una morena preñada que reía y cantaba.
Me alegró doña Lucita asoleándose.
Me alegraron los que andaban en la calle
temblando de frío, y me alegró una muchacha
en un balcón de enfrente coqueteando y temblando.
Yo pienso muchas cosas y recuerdo y asocio.
El frío me ha hecho místico y alegre.
Quizás el sol en el frío.
Quiero hablar del frío:
El frío es bueno para tomar café,
para acostarse,
para hacer el amor,
para que nos digan “tienes las manos frías”,
para fumar y no salir del cuarto.
Para todo lo demás es malo el frío.
Yo estoy alegre y soy bueno
y me perdono y los perdono a ustedes,
y me río de ser tan padre ahora.
Yo saldría a la calle a abrazar a todos
si no hiciera tanto frío.
Les diría: “Hijos míos, padres míos,
no sean tontos, no vayan a ninguna parte,
no se preocupen. Hace frío.
¿Qué tienen ustedes sino este frío?”

¡Salud por los que están tomando el sol o una copa
para calentarse!
¡Por los alegres y los que quieren estar alegres!
¡Yo saludo a los becerros prendidos a las ubres,
a los pájaros que no salen del nido,
a las mujeres que se están entregando,
a los sabios, a los combatientes del frío!
Yo no quiero ofrecerles un poema,
yo quiero darles un vaso de leche caliente a cada uno.

 

Jaime Sabines (1926-1999). En: Jaime Sabines, Nuevo recuento de poemas. Editorial Joaquín Mortiz, Biblioteca Paralela, México, 1977.

 

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La maquinita

Aquí yo he venido,
aquí yo he llegado
muy triste y muy amolado.
Cantando canciones
me paso la vida
un poco más divertida.
Era en el año 40
antes del 54,
cuando murió tanta gente
entre Puebla y Apizaco.

El tren que corría
sobre l’ancha vía,
de pronto se fue a estrellar
contra un aeroplano
que andaba en el llano
volando sin descansar;
quedó el maquinista
con las tripas fuera
mirando p’al aviador,
que ya sin cabeza
buscaba un sombrero
para taparse del sol.

Todo esto nos sucedía
sin saber cómo ni cuándo,
y la máquina seguía
pita, pita y caminando.

El buen fogonero
también quedó muerto
y abajo del chapopote;
y hasta el garrotero
sin brazos ni piernas
se agarraba del garrote;
buscando al agente
de publicaciones
lo encontraron moribundo,
y el pobre gritando:
“Cervezas heladas…”
se fue para el otro mundo.

Los pocos supervivientes
los contemplaban llorando,
y la máquina seguía
pita, pita y caminando.

Llegó la Cruz Roja
llegó la Cruz Blanca
a auxiliar a los heridos,
y allí se encontraron
que todos los muertos,
de miedo, ya habían corrido;
estos cadaveres
salieron huyendo
y, en tan críticos instantes,
ya ha habido un difunto
al que han encontrado
cuatro leguas adelante.

En una zanja los muertos
solos se fueron echando,
y la máquina seguía
pita, pita y caminando.

Llegó en un fotingo
don Maximiliano,
que era entonces gobernante,
y vio entre los muertos
a un pobre gendarme
gritando: “Alto y adelante”;
don Maximiliano
vio el pullman abierto
y a comer se metió al punto,
y allí el cocinero
le sirvió al instante
los hígados de un difunto.

Los zopilotes estaban
sobre los muertos volando,
y la máquina seguía
pita, pita y caminando.

Y yo ya no quiero
seguir esta historia
para no cansar a ustedes;
rueguen por el alma
de los que murieron:
hombres, niños y mujeres.

Al recordar tanto muerto
ya me retiro llorando,
mientras la máquina sigue
pita, pita y caminando.

Anónima. En: Óscar Chávez, Herencia lírica mexicana, II.

 

 

El gran desastre aéreo de ayer

~Jorge de Lima

Veo sangre en el aire, veo al piloto que llevaba una flor para su novia, abrazado a la hélice. Y al violinista al que la muerte acentuó la palidez al despeñarse con su cabellera negra y su estradivario. Hay manos y piernas de bailarinas erizadas por la explosión. Cuerpos irreconocibles identificados por el Gran Reconocedor. Veo sangre en el aire, veo una lluvia de sangre cayendo en las nubes bautizadas por la sangre de los poetas mártires. Veo a la nadadora bellísima, en su último salto de bañista, más rápida porque viene sin vida. Veo a tres niñas cayendo rápidas, infladas, como si todavía danzasen. Y veo a la loca abrazada al ramillete de rosas que pensó que era el paracaídas, y a la primadona con la larga cola de lentejuelas rayando el cielo como un cometa. Y la campana que iba a una capilla del oeste, venir tocando a muerto por los pobres muertos. Presumo que la azafata dormida en la cabina todavía viene durmiendo, tan tranquila y ciega. Oh, amigos, el paralítico viene con extrema rapidez, viene como una estrella fugaz, con las piernas al viento. Llueve sangre sobre las nubes de Dios. Y hay poetas miopes que creen que es el arrebol.

Jorge de Lima (1893-1953). En: Antología de la poesía brasileña. Edición de Ángel Crespo. Seix Barral, Barcelona, 1973.

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