31 agosto, 2017

La historia del padre

       ~Tony Hoagland

Esta es otra historia en la que pienso a veces:
en la historia del padre

después del funeral de su hijo, el suicida,
que llega a casa para quemar las fotos del muchacho ya muerto;

que se coloca junto al asador del patio
y arroja las imágenes al fuego; que mira levantarse
y desaparecer el humo pálido al interior del bochornoso cielo de Mississippi;

consciente de que está parado al borde de una inmensa frontera,
sin saber que acapara el dolor por completo.

Qué tranquilos se encuentran los suburbios en medio de una tarde
en la que un hombre está destruyendo evidencias,
aspirando la química de Polaroids quemadas,

observando los árboles a través de la cerca
desvencijada, cómo parecen levantarse y asentir en señal de reconocimiento.

Poco después, lo habrá de sorprender
la ira de los suyos:

la esposa que se cubre el rostro con los manos
y la hija insultándolo.
Pero él, por ahora, está seguro de lo que hace; ahora

parece como un hombre que destruyera alguna religión
o hachara las raíces de algún árbol.

Sin parar, he llegado justo a tiempo
para verlo tomar un alambre oxidado

y, con él, empujar la última foto
del muchacho a la parte naranja de la llama:

el rostro que se tiñe de café, el recuerdo que acaba en negativo.

No la bastarda lógica del padre,
no la piedad por una juventud truncada,

sino la inteligencia antigua del dolor,
es eso lo que admiro:

cómo se mueve en torno y dentro suyo, como el humo;

cómo sabe qué hacer exactamente con los seres humanos
y así permanecer en ellos para siempre.

 

En: Hernán Bravo Varela, Ectoplasmas. Cuatro elegías estadunidenses. Parentalia Ediciones, México, 2017.

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30 agosto, 2017

Los buzos diamantistas

       ~Renato Leduc

       I
Una nítida noche, en que la pedrería
sideral deslumbraba,
los buzos diamantistas, en santa cofradía,
descendimos al mar.

       Puede ser—nos dijimos—puede ser
que la luz de Saturno, diluyéndose, forme
algún extravagante sulfato, alguna gema
nunca vista, jamás.

       Puede ser, nos dijimos.

II
       Lunarios opalinos. Academias
rutilantes de nácar y coral,
donde monstruos socráticos decían
que sólo siendo feo se puede ser genial.

       Dialéctica suscinta de un sabio calamar:
       Seamos impasibles, sublimes y profundos
como el fondo del mar.
Si no por altivez, por desencanto
imitemos el gesto del océano
monótono y salobre.
Es lo mismo que un astro se derrumbe
o que muera un gusano.
Seamos impasibles como el fondo del mar.

       III
       Y después —Oh, adverbio ineludible—.
Una joven medusa iridiscente
embrujó nuestros sueños.
¿Qué doncella mortal puede tener
su encanto deleznable, y sus pupilas
que fosforecen vírgenes de llanto?

       Una vez nada más, entre dos aguas,
contemplamos su grácil navegar.
Como el rey Apolonio, ahora decimos:
Yo tuve un nombre,
yo tuve un bello nombre que perdí en el mar.

       IV
       En un cielo violáceo, bosteza Lucifer.
El ponto está cantando su gran canción azul.
Los buzos-diamantistas, en santa cofradía,
volvemos a la tierra, a vivir otra vez.
Traemos del abismo la pesadumbre ignota
de lo que pudo ser.

 

Renato Leduc (mexicano; 1897-1986). En: Fábulas y poemas. Imprenta Madero, México, 1966.

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       ~Chin Shengtan

Es un día caluroso de junio, el sol cuelga quieto del cielo y no hay un hálito de viento o de aire, ni una traza de nubes; el patio y el jardín, como hornos; ni un pájaro se atreve a volar. El sudor corre por todo mi cuerpo en arroyitos. Tengo enfrente la comida del mediodía pero no puedo tomarla por el calor. Pido un tapete para extenderlo en el suelo y tirarme ahí, pero el tapete está enfermo de humedad y las moscas vuelan como un enjambre y se me paran en la nariz, y no quieren irse. En este momento, cuando siento que mi desventura es completa, suena un trueno de pronto, y grandes masas de nubes negras se acercan majestuosas como un gran ejército que avanza a la batalla. De los aleros comienza a caer el agua de la lluvia como cataratas. El sudor se detiene. El suelo se quita lo pegajoso. Todas las moscas desaparecen para esconderse y puedo comer mi arroz. Ah, ¿no es esto la felicidad?
       Un amigo al que no veo desde hace diez años llega de pronto, a la puesta de sol. Abro la puerta para recibirlo y, sin preguntarle si llegó por agua o tierra, y sin pedirle que se siente en la cama o en el diván, voy al cuarto interior y con humildad le pregunto a mi esposa: “¿Tienes un galón de vino como la esposa de Su Tungp’o?”. Mi esposa se quita alegremente del pelo su pasador de oro para venderlo. Calculo que nos durará tres días. Ah, ¿no es esto la felicidad?
       No tengo nada que hacer luego de una comida y trato de revisar las cosas guardadas en viejos arcones. Veo que hay docenas o centenares de pagarés de gente que debe dinero a mi familia. Algunos han muerto y otros viven todavía, pero de todas maneras no hay esperanza de que devuelvan el dinero. Sin que nadie me vea hago una pila con los papeles y enciendo con ellos una hoguera, y miro al cielo y veo desaparecer la última huella de humo. Ah, ¿no es esto la felicidad?
       Es un día de verano. Salgo descalzo, la cabeza descubierta, con una sombrilla, para ver a los jóvenes que entonan canciones del pueblo de Suzhou mientras trabajan en la rueda de agua del molino. El agua salta sobre la rueda a borbotones, como plata derretida o nieve que se funde en la montaña. Ah, ¿no es esto la felicidad?
       Ha estado lloviendo un mes entero, y estoy tirado en la cama, por la mañana, como un ebrio o un enfermo, y me niego a levantarme. De pronto oigo un coro de pájaros que anuncian un día claro. Corro rápidamente la cortina, abro la ventana y veo el sol hermoso que brilla y resplandece, y el bosque invita a darse un baño. Ah, ¿no es esto la felicidad?
       De noche me parece oír que alguien piensa en mí a la distancia. Al día siguiente voy a visitarlo. Entro por su puerta y miro alrededor del cuarto, y lo veo sentado a su escritorio, cara al sur; lee un documento. Me ve, asiente con suavidad y me toma de la manga para sentarme, y dice: “Ya que estás aquí, ven a mirar esto”. Y reímos y gozamos hasta que han desaparecido las sombras de las paredes. Siente hambre y me pregunta lentamente: “¿Tú también tienes hambre?”. Ah, ¿no es esto la felicidad?
       Encontrar una carta manuscrita de algún viejo amigo en un arcón. Ah, ¿no es esto la felicidad?
       Un sabio pobre viene a pedirme dinero, pero tiene timidez antes de mencionar el tema y por eso deja que la plática derive en otras cuestiones. Veo su incómoda situación, lo hago a un lado, adonde estemos solos, y le pregunto cuánto necesita. Luego entro a la casa y le doy el dinero; después le pregunto: “¿Tiene usted que irse de inmediato a arreglar su asunto o puede quedarse un rato y beber algo conmigo?”. Ah, ¿no es esto la felicidad?
       Abrir la ventana y lograr que una avispa salga del cuarto. Ah, ¿no es esto la felicidad?

 

Ching Shengtan (chino; siglo XVII). En: Lin Yutang, The Importance of Living (1937; William Morrow Inc., 2000) y en La importancia de vivir (trad. R. A. Jiménez; Editorial Auseba, México, 1944).

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