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Cuando fui al circo
        ~D. H. Lawrence

Cuando fui al circo que habían alzado en el solar baldío
vi mucha gente inquieta
espantada ante el olor de la tierra suelta y de las mantas eventuales
y del olor de los caballos y de otras bestias
supliendo el olor del hombre.

Los monos pardos y esmirriados cabalgaban
sobre los ponies pintos y rollizos
y los niños lanzaban un chillido—
los perros saltaban por los aros dando marometas
y enseguida una pequeña parvada de gansos
corría alrededor de la pista al ritmo del látigo;
luego, aparejados, regresaban caminando cómicamente—
y los niños se callaron de pronto.

Entonces se hizo el silencio, el silencio del miedo.

La equilibrista, rubia, rosa, como desnuda, con algunas lentejuelas [doradas
inició con cautela su paso en el alambre, giró con gracia, dio una [vuelta,
hizo una caravana y elevó un pie hasta la mano, sonrió, meneó su [parasol,
y a otra suerte: saltó en redondo, hizo una pausa y lentamente [deslizó
sus bellos muslos, poco a poco, hasta recostar su cuerpo espléndido [sobre la cuerda.
Al levantarse, inclinando su parasol, sonrió al público aprehensivo:
éste aprobó con júbilo, con un júbilo nervioso.

El hombre del trapecio, esbelto y bello y como un pez en el aire
dibujaba amplias curvas en el espacio superior; descendía como una [estrella
–y la gente aplaudió; era un aplauso hueco, espantado.

Los elefantes, enormes y grises, desplazaban su curva molicie en la [penumbra,
y se sentaban, con posturas extrañas, mostrando las plantas rosas de [sus patas,
retorciendo sus trompas hermosas y vivas como amonitas
y moviéndose siempre con la suave y lenta precisión
de un gran barco al acercarse al muelle.
La gente observaba interrogante, parecían envidiar
el misterio oculto en las bestias.
Los caballos, caballos festivos, trotaron en círculos para plegarse [luego
en una larga fila, con sus cuellos engarzados uno a uno;
estaban gozosos, se divertían.
Todas estas creaturas disfrutaban del juego
del circo, en el circo y con la gente del circo.

Pero el público, obligado a sorprenderse,
obligado a admirar los ritmos radiantes de los cuerpos en [movimiento,
obligado a observar la delicada perfección del cuerpo humano, [oscilante,
de carne fogosa, casi heroica, incluso la carne de un payaso torpe,
en realidad no estaba feliz.
No había una respuesta efusiva, como la hay en el cine.

Cuando la gente moderna ve al cuerpo carnal intrépido y fluctuando [alegre
jugar con limpieza entre los elementos, más allá de toda [competencia
sin despliegue de personalidad,
la gente moderna se deprime.

La gente moderna se siente en desventaja.
Saben que sus cuerpos no pueden jugar entre los elementos.
Tienen solamente sus personalidades, que se ven mejor planas, en el [cine,
personalidades planas en dos dimensiones, imponderables e [intocables.

Y envidian a la gente del circo el descenso veloz y alegre de los [miembros
que florecen en el puro movimiento,
y les envidian la comprensión física, inmediata,
que tienen con sus bestias del circo,
y les envidian, en fin, su vida misma, circense.

Pero el grito infantil de placer, extraño y casi de susto
que surge en cualquier momento,
muestra que los niños intuyen vagamente que de algo los han privado
en la carne brillante y salvaje del circo.

D. H. Lawrence (inglés; 1885-1930). En La cultura en México. Suplemento de Siempre! Junio 27, 1979. Traducción de María Luz Anguiano.

 

Memorias del circo
        ~Ramón López Velarde

A Carlos González Peña

Los circos trashumantes,
de lamido perrillo enciclopédico
y desacreditados elefantes,
me enseñaron la crónica friolera
y las magnas tragedias hilarantes.

El aeronauta previo,
colgado de los dedos de los pies,
era un bravo cosmógrafo al revés
que, si subía hasta asomarse al Polo
Norte, o al Polo Sur, también tenía
cuestiones personales con Eolo.

Irrumpía el payaso
como una estridencia
ambigua, y era a un tiempo
manicomio, niñez, golpe contuso,
pesadilla y licencia.

Amábanlo los niños
porque salía de una bodega mágica
de azúcares. Su faz sólo era trágica
por dos lágrimas sendas de carmín.
Su polvosa apariencia toleraba
tenerlo por muy limpio o por muy sucio,
y un cónico bonete era la gloria
inestable y procaz de su occipucio.

El payaso tocaba a la amazona
y la hallaba de almendra,
a juzgar por la mímica fehaciente
de toda su persona
cuando llevaba el dedo temerario
hasta la lengua cínica y glotona.
Un día en que el payaso dio a probar
su rastro de amazona al ejemplar
señor Gobernador de aquel Estado,
comprendí lo que es
Poder Ejecutivo aturrullado.

¡Oh remoto payaso: en el umbral
de mi infancia derecha
y de mis virtudes recién nacidas
yo no puedo tener una sospecha
de amazonas y almendras prohibidas!
Estas almendras raudas
hechas de terciopelos y de trinos
que no nos dejan ni tocar sus caudas…

Los adioses baldíos
a las augustas Evas redivivas
que niegan la migaja, pero inculcan
en nuestra sangre briosa una patética
mendicidad de almendras fugitivas…

Había una menuda cuadrumana
de enagüilla de céfiro
que, cabalgando por el redondel
con azoros de humana,
vencía los obstáculos de inquina
y los aviesos aros de papel.

Y cuando a la erudita
cavilación de Darwin
se le montaba la enagüilla obscena,
la avisada monita
se quedaba serena,
como ante un espejismo,
despreocupada lastimosamente
de su desmantelado transformismo.

La niña Bell cantaba:
“Soy la paloma errante”;
y de botellas y de cascabeles
surtía un abundante
surtidor de sonidos
acuáticos, para la sed acuática
de papás aburridos,
nodriza inverecunda
y prole gemebunda.

¡Oh memoria del circo! Tú te vas
adelgazando en el frecuente síncope
del latón sin compás;
en la apesadumbrada
somnolencia del gas;
en el talento necio
del domador aquel que molestaba
a los leones hartos, y en el viudo
oscilar del trapecio…

Ramón López Velarde (mexicano; 1888-1921). En: Obras. Compilador: José Luis Martínez. FCE, México, 2ª. edición (aumentada), 1990.

 

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