[Fragmento]
       ~Raúl Bañuelos

Hoy me regaló su canica verde
el niño de las mañanas y los juegos.
No lo había visto.
De lejos me habló y me saludó.
Lanzó la canica hasta mis pies por el suelo.
Luego vino y dijo: “Conoces a Juan?”
“Pensé que eras tú”, le contesté.
“No, es mi amigo, el que estoy esperando”,
dijo sonriendo como si ya supiera.
Entonces miré bien sus ojos
brillantes como la canica.
No sé qué supe entonces.
Pero ahora veo un pájaro volar por la ventana
y temo ya no encontrar jamás aire para mi pecho.

Caminaste calle abajo
dejándote llevar por las piernas hacia luces artificiales.
Ibas pensando por qué no jugaste con el niño
por qué no te saliste de tus pasos.

Una canica, dices, puede rodar por todas partes,
recibir la fuerza de todos los pulsos.
Una canica no es un vidrio cualquiera;
viéndolo bien, es un espejo dibujado en los colores de cada mirada.

Entonces por qué pues no te animaste
por qué pues nomás allí ya no.
Miedo, eso fue lo que tuviste.
Miedo de rodar de mano en mano,
de chocar aquí o allá,
de no saber cuánto y cómo,
más bien de saberlo.

Cargas ahora la canica en cualquier bolsillo de tu pantalón.
La sabes inútil allí, fuera de lugar.
Quieres decidirte a hacer las cosas como debes hacerlas:
enfrentar ojo a ojo la luz de la mirada.
Pero nomás te quedas esperando la hora de la verdad
que crees ya cerca.
Sin embargo, piensa que no puede pasar así mucho tiempo:
la canica pierde claridad y consistencia entre tantas chucherías.
Y además ella está raspa y raspa tu bolsillo
y de seguir así lo va a romper.
Entonces sí que perderías el rumbo definitivamente,
fuera de ti mismo sin remedio.

Raúl Bañuelos (mexicano; 1954). En: De tres tres. Bañuelos * Ramírez * Torres Sánchez. Premiá, México, 1986.

 

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