I

En un jardín sombreado esta santa dama
Con cadencia reverente y salmo sutil,
Como un cisne negro mientras la muerte llegaba
Vertió su canción en perfecta calma:
Y por la margen del océano esta virgen inocente
Construyó un órgano para extender su plegaria,
Y notas tremendas de su gran máquina
Resonaron con estruendo sobre el aire romano.

La rubia Afrodita se levantó excitada,
Llevada al deleite por la melodía,
Blanca como orquídea montó bien desnuda
En una concha sobre la superficie del mar;
Ante sonidos tan arrebatadores los ángeles bailando
Salieron de su trance para entrar de nuevo en el tiempo,
Y alrededor de los pérfidos en los abismos del Infierno
La inmensa llama se avivó y mitigó su dolor.

Bendita Cecilia, aparécete en visiones
A todos los músicos, aparécete e inspira:
Hija traducida, desciende y estremece
A los mortales apacibles con fuego inmortal.

II

No puedo crecer;
No tengo sombra
De la cual huir,
Yo sólo juego.

No puedo equivocarme;
No hay criatura
A quien yo pertenezca,
Que pueda yo dañar.

Soy derrota
Cuando la derrota sabe
Que ya nada puede hacer
Mediante el sufrimiento.

Todo por lo que pasaste,
Baila porque tú
Ya no lo necesitas
Para cualquier acción.

Nunca seré
Diferente. Ámame.

III

Oído cuyas criaturas no pueden desear la caída,
Espacios serenos sin temor al desgaste o al peso,
Donde la Tristeza es ella misma, y olvida toda
La torpeza de su estado adolescente,
Donde la Esperanza, dentro de lo ya extraño
Queda libre de toda imagen gastada;
Y el Espanto, nacido íntegro y normal como una bestia
En un mundo de verdades que jamás cambian:
Reparen nuestro día caído; ah, recompongan.

Queridos niños blancos casuales como pájaros,
Que juegan entre los lenguajes arruinados,
Tan pequeños ante sus vastas, confusas  palabras,
Tan alegres contra los silencios aún más grandes
De las cosas temibles que hicieron: reposa la cabeza
Niño impetuoso con el cerebro tremendo,
Llora, niño, llora, llora y borra la mancha,
Inocencia perdida que deseaste la muerte de tu amante,
Llora por las vidas que tus deseos nunca vivieron.

Grito producido cuando el arco del pecado
Cruza nuestro violín temblante.
Llora, niño, llora, llora y borra la mancha.
Ley tamborileada por corazones contra el quieto
Largo invierno de nuestra voluntad intelectual.
Que aquello que ha sido no vuelva a ser nunca.
Flauta que lates con el aliento agradecido
De los convalecientes a orillas de la muerte.
Bendice la libertad que nunca escogiste.
Trompetas que soplan los niños desguarnecidos
Alrededor de la fortaleza de su enemigo interno.
Lleva tu aflicción como una rosa.

 

W. H. Auden (inglés; 1907-1973). En: Collected Shorter Poems, 1927-1957. Faber & Faber, Londres 1966 (edición de 1975). [Hacia julio de 1940 el poeta W. H. Auden escribió “Tres canciones para el día de Santa Cecilia” y se las dedicó a Benjamin Britten (1913-1976) nacido el día exacto de Santa Cecilia, patrona de la música, el 22 de noviembre. Britten comenzó de inmediato a ponerles música pero sólo dos años después terminó el Himno a Santa Cecilia, tal y como se lo había propuesto desde el principio: una pieza “para un pequeño coro de unas cincuenta voces”. La BBC de Londres transmitió la pieza por primera vez el 22 de noviembre de 1942. Britten la dividió en tres partes según los poemas originales. La primera parte es una invocación a Santa Cecilia. En la segunda parte habla la música en versos muy cortos y Britten los musicalizó de una manera juguetona para el coro. I only play, dice la música en uno de los versos, en la doble acepción en inglés del verbo: tocar/jugar. La tercera parte está dedicada a quienes hacen posible la música. Por último: Auden le dice en elogio “Hija traducida” a la música porque ya está, ya nace, traducida. Mejor dicho: todas las otras artes “traducen”; la música es. Otra idea entrañable de Auden sobre la música (a eso aluden los versos en cursiva de la tercera parte) es que  sólo la música te perdona; sólo la música no emite juicios morales. Dice el final de otro poema de Auden titulado  “El compositor”: “Tú sola, sola, canción imaginaria,/Eres incapaz de decir que una existencia está mal./Y viertes tu perdón como un vino”.]

 

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