~Ted Hughes

La catedral estaba ahí,

impotente, para ser exhibida, para otros, para otras

épocas. El espectacular alanceado

de su tonelaje nos perforó

con la sombría lobreguez y el peso de lo sagrado.

Era la primera vez que vi Reims. También la última.

Nunca volveré a acercarme de nuevo.

El fuerte rayo de lo que ocurrió

carbonizó el más sedoso, sigiloso y tentativo

mapa de Francia que yo tejía

ante nosotros, como teje la araña su pasadizo,

quizás para el futuro. Nuestra

primera exploración más allá de París juntos,

reconociendo el terreno, tomando apuntes, embelesados

por todo. Estábamos sentados en una placita

mojando los esponjosos cruasáns en chocolate caliente.

Tú escribías postales, concentrada.

Con tu impermeable. A media mañana, el aire fresco.

 

Un pedazo de gitana oscura

apareció de repente. Ocupada, urdiendo negocios

como una comadreja probando grietas

o como la hoja del camarero que abre ostras,

igual, sin parar,

tiraba la mala al cubo, las valvas hacia arriba,

cogiendo la siguiente, con atención,

para encontrar su cerradura. Mostraba la gitana

un medallón religioso—San Nicolás o Santa María—

hacia afuera. Sabedora, sin mirar de reojo,

casi antes de que hubiera hablado la rechazaste ya,

un reflejo fruto de la práctica, saltando como un resorte, tu dura

vehemencia chocó contra su vehemencia.

Su peticionaria rutina de carrerilla paró en tu “Non.”*

Y se paró, en efecto, aturdida, dolida, exactamente igual

que si la hubieses abofeteado. Como una pistola su dedo

se alzó en tu cara, su ímpetu todo

convertido en carámbano para señalar: “Vous

creverez bientot”. Su cara morena

era un nudo grasiento de cuero, un quipu,

como el de Jerónimo, el indio. Ojos amargos

con vengativos restos de grappa, vieja malicia gala,

pasas de hiel. E igual de abruptamente

se largó, de aquí a allá,

entre las mesas, desaparecida, dejando las palabras

más pesadas que la catedral,

más grandes y oscuras, con los cimientos más hondos.

Mi cuerpo entero soportó su peso

como una religión nueva o mucho más antigua

sólo para mí, para que la llevase

a todas partes conmigo –con las catacumbas más hondas

y un Dios más fuerte.

Pero tú

seguías escribiendo postales. Durante días rimé

talismanes de poder, en regios conjuros sajones,

para neutralizar el veneno. Imaginé

volver a Reims y encontrarla

y darle la moneda—sobornarla para que guardase

el proyectil. Pero tú

nunca lo mencionaste. Nunca lo anotaste

en tu diario. Y hasta retuve la esperanza

de que nunca lo hubieras oído. Amortiguada, quizás,

por otras explosiones más íntimas. Encerrada, quizás,

en una cripta más sólida.

 

Ted Hughes (1930-1998). En: Cartas de cumpleaños. Traducción de Luis Enrique Villena. Editorial Lumen, Barcelona, 1999. (Este es uno de los poemas, publicados póstumamente, que bajo la forma de “birthday letters” Hughes fue escribíendole durante 25 años a su primera esposa, la poeta Sylvia Plath, luego del suicidio de Plath a sus 30 años en 1963. De ahí el peso que le da a la maldición de la gitana.)

 



* En francés en el original: No. Y abajo: Usted/reventará pronto. (N. del T.)

 

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