~Saadi

Aquel año, el mismo año que presenció la reconciliación del sultán Mohammed Kharezm con el rey de Kitha, entré en la principal mezquita de Kachgar y a poco de estar en ella advertí la presencia de una muchacha prodigiosamente hermosa.

“Tu nodriza te ha enseñado el arte de seducir y arrebatar los corazones –pensé–. Te ha enseñado la injusticia, la coquetería, la crueldad. Tal nodriza debió ser un hada; porque a tal punto eres bella que sólo un hada pudo ser tu nodriza”.

La adorable joven leía la gramática de Abul Khasem Mahmud, y repetía: “Zeid golpeó a Amr. El complemento es Amr”.

Yo le dije:

–Rosa mía, Kharezm y el rey Kitha han hecho las paces… La disputa de Zeid y Amr ¿ha de seguir aún?

Ella se rio. Luego se puso a interrogarme sobre el lugar de mi nacimiento.

–Nací en Chiraz—contesté–, la ciudad de tus hermanas, las rosas.

–¿Conoces las obras de Saadi? ¿Puedes recitarme alguna?

Yo improvisé:

Un detestable gramático me persigue, y me parezco a Zeid en su lucha con Amr. Nada consigo arreglando los pliegues de mi ropa: ella no se digna mirarme…¡Oh, rosa embriagadora! Preso estoy en tu cáliz. Yo no hago más que contemplarte, y tú sólo piensas en tu libro.

         A la mañana siguiente se acercó a la muchacha un camellero y le dijo:

–El hombre que hablaba contigo ayer no es otro que Saadi.

La vi llegar corriendo. Se arrojó a mis brazos y observé su tristeza, cuya causa era mi próxima partida. Oí su reproche:

–¿Por qué me has dejado ignorar quién eras?

Contesté:

–Estando tú presente, en modo alguno podía gritar: “¡Yo existo!”

Ella dijo:

–¿Te sería imposible pasar algunos días entre nosotros? Si supieras cuánto deseamos escucharte.

–No puedo quedarme—repliqué–, y vas a saber la causa. Se trata de cierto sabio a quien he visto en lo alto de una montaña; vive en una caverna y no desea otra morada. Le he dicho: “¿Por qué no vas a la ciudad? Olvidarías allí tus sufrimientos”. “En la ciudad—me ha contestado—abundan en demasía las muchachas bellas, las muchachas esbeltas. Y ya sabes que hasta los elefantes se deslizan muy bien sobre las rosas…”

Acto seguido besé los labios de la joven y partí, envuelto en la ardiente dulzura de la tarde.

¿Para qué besar la boca de la amiga antes de dejarla? La manzana se habría despedido de muchas manzanas, puesto que sus mejillas son tan rojas.

Saadi (siglo XIII). En: Saadi/Franz Toussaint, El jardín de las rosas. Traducido del persa. Versión castellana de la edición francesa por P. Matalonga. Editorial B. Costa-Amic, México, 1947. [Al final del libro, en su “Adiós al lector” dice Saadi: “El libro del Jardín de las rosas está terminado. Gracias a Dios, nada he tomado de otros escritores (deplorable costumbre de esta época). He procurado mezclar lo serio con lo gracioso, el vinagre de la moral con la miel del buen humor. Espero que la lectura te complazca. En todo caso, creo haber cumplido la misión que me impuse. Lector, ruega a Dios por mí. Implora perdón para el inhábil copista y pide para ti mismo lo que mejor desees. (Ciudad de) Chiraz, el último día de la primavera del año 656 de la Egira”.]

 

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