Rebolledo y Fonollosa

El beso de Safo
         ~Efrén Rebolledo

Más pulidos que el mármol transparente,
Más blancos que los blancos vellocinos,
Se anudan los dos cuerpos femeninos
En un grupo escultórico y ardiente.

Ancas de cebra, escorzos de serpiente,
Combas rotundas, senos colombinos,
Una lumbre los labios purpurinos,
Y las dos cabelleras un torrente.

En el vivo combate, los pezones
Que se embisten, parecen dos pitones
Trabados en eróticas pendencias,

Y en medio de los muslos enlazados,
Dos rosas de capullos inviolados
Destilan y confunden sus esencias.

Efrén Rebolledo (mexicano; 1877-1929). En: Obras completas. Introducción, edición y bibliografía, Luis Mario Schneider. Ediciones de Bellas Artes, México, 1968.

 

Seventh Avenue
         ~J. M. Fonollosa

Comprendo que se adoren las mujeres
y besen y acaricien su belleza

–la propia—en otro cuerpo como el suyo.
Pues su cuerpo es increíble maravilla
que a su comprobación aturde al aire.

Un cuerpo de mujer es un paisaje
que seduce mirar, suspende el ánimo
y ansía transitar quien lo contempla.

Finas ondulaciones. Firmes cumbres
en turgentes colinas levantadas.
Arroyos azulados casi ocultos
bajo la tersa piel donde transcurren.

Caminos y cañadas atrayentes.
Tímidos matorrales. Y más cimas
que alcanzar, con recodos deliciosos
y grutas que cautivan a las manos.

Es grato recorrer su dulce cuerpo.
Sentir su tibio clima. Y con los labios
gustar las sensaciones que de él manan.

Es lógico que se amen las mujeres.
Lo extraño es lo contrario. Incluso el verlas
haciéndose el amor es agradable.

Es un cielo su cuerpo. El cielo humano.
De haber sido mujer fuera lesbiana.

J. M. Fonollosa (español; 1922-1991). En: Ciudad del hombre: New York. Sirmio / Quaderns Crema, Barcelona, 1990. 1ª. reimpresión, 1995.

Viento contrario

         ~Anónimo

Por aquel tiempo, por entonces, iba Yesuguei cazando con su halcón por la ribera del Onón y vio a Yeke Chiledu, de los merkides, que había tomado una doncella. Iba con ella. Se alzó Yesuguei en el caballo. Miró bien. Vio una mujer bella como ninguna. Volvió al galope al campamento. Les siguió el rastro con Nekún, el hermano mayor; con Daritai, el hermano pequeño.

           Chiledu les vio venir y sintió miedo. Tenía un caballo pardo muy veloz. Salió al galope, dejando el carro solo; bordeó una loma. Los tres le siguieron. Y cuando volvió rodeando la loma, la doncella habló y dijo: ¿Viste bien a esos tres? Son distintos de todos los demás. Tienen cara de querer tu vida. Si puedes conservarla, hay

           doncellas que llevan las riendas

           en todos los pescantes.

          Mujeres,

           en todo carro negro.

Si conservas la vida, encontrarás mujer. La llamarás también como me llamo yo, Joguelun, aunque tenga otro nombre. Sálvate. Vete ya. Toma, lleva mi camisa, en ella va mi olor.

           Se quitó la camisa. Tendió él la mano sin desmontar para cogerla. La olió. Venían ya los tres doblando la loma, venían ya por él. Salió al galope. Al galope se fue por el Onón abajo.

           Le siguieron los tres hasta pasar siete collados. Volvieron grupas luego. Regresaron. Yesuguei el Valiente tomó las riendas del carro de Joguelun. El hermano mayor, delante. El pequeño, de un lado.

           Cuando ya se acercaban, Joguelun cantó así:
           A mi joven señor
           nunca el viento contrario
           le soltaba las trenzas.
           Él nunca pasó hambre perdido
           por las tierras sin dueño.
           Ahora el viento le azota la cara,
           le echa las trenzas a la espalda,
           le golpea con ellas el pecho
           si se vuelve a mirar.

Después de que cantó esto, rompió a llorar. Gritó hasta hacer temblar las aguas de los ríos, hasta que temblaron los bosques y los valles.

Y dijo Daritai, el hermano pequeño:
           El que abrazabas,
           ya pasó muchos montes.
           El que lloras,
           ya cruzó muchos ríos.
           Si gritas,
           ya no te verá
           aunque vuelvas la vista.
           Si le siguieras,
           perderías el rastro.
           Cállate y no llores más.

Y llevó Yesuguei a Joguelun a vivir a su tienda.
        
Anónimo (mongol; siglo XIII). En: El libro secreto de los mongoles. Versión de José Manuel Álvarez Flórez. Muchnik Editores. Barcelona, 1985.

Capricho

       ~Salvador Rueda

Al doctor Vera, mi célebre dentista

El gabinete heroico donde operas,
de víboras de acero rodeado,
me parece la jaula en que encerrado
estás con lobos, tigres y panteras.

Pero tú vuelves sabias a las fieras
que, al verte como un ser privilegiado,
aprenden de tu genio idealizado
a crear dentaduras lisonjeras.

De hueso, para humildes proletarios;
de marfil, para regios millonarios;
de oro, para quien sueñe poseerlas.

Y para labios de mujer traviesos,
en dos engarces de divinos besos
montar dos hilos de divinas perlas.

Salvador Rueda (español; 1857-1933). En: Pedro J. de la Peña, El feísmo modernista (Antología). Hiperión, Madrid, 1989.