Elegía—al guardameta

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       ~Miguel Hernández

                                                     A Lolo, sampedro joven en la portería del cielo de Orihuela

Tu grillo, por tus labios promotores,
de plata compostura,
árbitro, domador de jugadores,
director de bravura,
¿no silbará la muerte por ventura?

En el alpiste verde de sosiego,
de tiza galonado
para siempre quedó fuera del juego
sampedro, el apostado
en su puerta de cáñamo anudado.

Goles para enredar en sí, derrotas,
¿no la mundial moscarda?
que zumba por la punta de las botas,
ante su red aguarda
la portería aún, araña parda.

Entre las trabas que prendió la meta
de una esquina a otra esquina,
por su sexo al balón, a su bragueta
asomado, se arruina,
su redondez airosamente orina.

Delación de las faltas, mensajeras
de colores, plurales,
amparador del aire en vivos cueros,
en tu campo, imparciales,
agitaron de córner las señales.

Ante tu puerta se formó un tumulto
de breves pantalones
donde bailan los príapos su bulto
sin otros eslabones
que los de sus esclavas relaciones.

Combinada la brisa en su envoltura
bien, y mejor chutada,
la esfera terrenal de su figura
¡cómo! fue interceptada
por lo pez y fugaz de tu estirada.

Te sorprendió el fotógrafo el momento
más bello de tu historia
deportiva, tumbándote en el viento
para evitar victoria,
y un ventalle de palmas te aireó gloria.

Y te quedaste en la fotografía,
a un metro del alpiste,
con tu vida mejor en vilo, en vía
ya de tu muerte triste,
sin coger el balón que ya cogiste.

Fue un plongeón mortal. Con ¡cuánto tino!
y efecto, tu cabeza
dio al poste. Como un sexo femenino,
abrió la ligereza
del golpe una granada de tristeza.

Aplaudieron tu fin por tu jugada.
Tu gorra, sin visera,
de tu manida testa fue lanzada,
como oreja tercera,
al área que a tus pasos fue frontera.

Te arrancaron cogido por la punta,
el cabello del guante,
si inofensiva garra, ya difunta,
zarpa que a lo elegante
corroboraba tu actitud rampante.

¡Ay fiera! en tu jauleón medio de lino
se eliminó tu vida.
Nunca más, eficaz como un camino,
harás una salida
interrumpiendo el baile apolonida.

Inflamado en amor por los balones
sin mano que lo imante,
no implicarás su viento a tus riñones,
como un seno ambulante
escapado a los senos de tu amante.

Ya no pones obstáculos de mano
al ímpetu, a la bota
en los que el gol avanza. Pide en vano,
tu equipo en la derrota,
tus bien brincados saques de pelota.

A los penaltys que tan bien parabas
acechando tu acierto,
nadie más que la red le pone trabas,
porque nadie ha cubierto
el sitio, vivo, que has dejado, muerto.

El marcador, al número contrario,
le acumula en la frente
su sangre negra. Y ve el extraordinario,
el sampedro suplente,
vacío que dejó tu estilo ausente.

 

Miguel Hernández (español; 1910-1942). En: Poesía. Editorial Presencia Latinoamericana, México, 1981. [La única palabra futbolera que hoy nos sonaría extraña es plongeón: del inglés plunge, sumersión, zambullida. Por otra parte, no sabemos si decirle “sampedro” al guardameta –porque San Pedro tiene las llaves del cielo, es el portero del cielo—era algo al uso en España o es una  creación de Miguel Hernández. E.]

Soneto de sueño erótico

       ~Anónimo

Vencido del trabajo el pensamiento
que él mismo había causado, yo dormía,
cuando en el sueño vi que a mí venía
la que me causa el grave mal que siento.

         Diome verla muy gran contentamiento,
que señalar piedad me parecía;
y en esta novedad hallé osadía
de procurar remedio a mi tormento.

         Su dulce voz oí, y me consolaba,
diciendo que esperase verme sano
por quien el acidente me causaba.

         En esto recordé y hallélo vano,
y como de engañarme procuraba,
desamparóme aquella blanca mano.

En: Antonio Alatorre, El sueño erótico en la poesía española de los siglos de oro. FCE, México, 2003. [Este soneto, dice Alatorre, “es, a todas luces, obra de un principiante. Pero tiene cosas buenas. Para entender el primer terceto basta ‘traducir’ acidente por ‘dolencia’, ‘enfermedad’. La dulce voz de la desdeñosa dice en el sueño: ‘Tranquilízate. Yo, la causa del mal, prometo ahora darte la salud’. Como dirá la dama en uno de los sonetos de Marino: ‘Pon’ freno al pianto e pace spera e posa…’”.]

Circo: Lawrence y López Velarde

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Cuando fui al circo
        ~D. H. Lawrence

Cuando fui al circo que habían alzado en el solar baldío
vi mucha gente inquieta
espantada ante el olor de la tierra suelta y de las mantas eventuales
y del olor de los caballos y de otras bestias
supliendo el olor del hombre.

Los monos pardos y esmirriados cabalgaban
sobre los ponies pintos y rollizos
y los niños lanzaban un chillido—
los perros saltaban por los aros dando marometas
y enseguida una pequeña parvada de gansos
corría alrededor de la pista al ritmo del látigo;
luego, aparejados, regresaban caminando cómicamente—
y los niños se callaron de pronto.

Entonces se hizo el silencio, el silencio del miedo.

La equilibrista, rubia, rosa, como desnuda, con algunas lentejuelas [doradas
inició con cautela su paso en el alambre, giró con gracia, dio una [vuelta,
hizo una caravana y elevó un pie hasta la mano, sonrió, meneó su [parasol,
y a otra suerte: saltó en redondo, hizo una pausa y lentamente [deslizó
sus bellos muslos, poco a poco, hasta recostar su cuerpo espléndido [sobre la cuerda.
Al levantarse, inclinando su parasol, sonrió al público aprehensivo:
éste aprobó con júbilo, con un júbilo nervioso.

El hombre del trapecio, esbelto y bello y como un pez en el aire
dibujaba amplias curvas en el espacio superior; descendía como una [estrella
–y la gente aplaudió; era un aplauso hueco, espantado.

Los elefantes, enormes y grises, desplazaban su curva molicie en la [penumbra,
y se sentaban, con posturas extrañas, mostrando las plantas rosas de [sus patas,
retorciendo sus trompas hermosas y vivas como amonitas
y moviéndose siempre con la suave y lenta precisión
de un gran barco al acercarse al muelle.
La gente observaba interrogante, parecían envidiar
el misterio oculto en las bestias.
Los caballos, caballos festivos, trotaron en círculos para plegarse [luego
en una larga fila, con sus cuellos engarzados uno a uno;
estaban gozosos, se divertían.
Todas estas creaturas disfrutaban del juego
del circo, en el circo y con la gente del circo.

Pero el público, obligado a sorprenderse,
obligado a admirar los ritmos radiantes de los cuerpos en [movimiento,
obligado a observar la delicada perfección del cuerpo humano, [oscilante,
de carne fogosa, casi heroica, incluso la carne de un payaso torpe,
en realidad no estaba feliz.
No había una respuesta efusiva, como la hay en el cine.

Cuando la gente moderna ve al cuerpo carnal intrépido y fluctuando [alegre
jugar con limpieza entre los elementos, más allá de toda [competencia
sin despliegue de personalidad,
la gente moderna se deprime.

La gente moderna se siente en desventaja.
Saben que sus cuerpos no pueden jugar entre los elementos.
Tienen solamente sus personalidades, que se ven mejor planas, en el [cine,
personalidades planas en dos dimensiones, imponderables e [intocables.

Y envidian a la gente del circo el descenso veloz y alegre de los [miembros
que florecen en el puro movimiento,
y les envidian la comprensión física, inmediata,
que tienen con sus bestias del circo,
y les envidian, en fin, su vida misma, circense.

Pero el grito infantil de placer, extraño y casi de susto
que surge en cualquier momento,
muestra que los niños intuyen vagamente que de algo los han privado
en la carne brillante y salvaje del circo.

D. H. Lawrence (inglés; 1885-1930). En La cultura en México. Suplemento de Siempre! Junio 27, 1979. Traducción de María Luz Anguiano.

 

Memorias del circo
        ~Ramón López Velarde

A Carlos González Peña

Los circos trashumantes,
de lamido perrillo enciclopédico
y desacreditados elefantes,
me enseñaron la crónica friolera
y las magnas tragedias hilarantes.

El aeronauta previo,
colgado de los dedos de los pies,
era un bravo cosmógrafo al revés
que, si subía hasta asomarse al Polo
Norte, o al Polo Sur, también tenía
cuestiones personales con Eolo.

Irrumpía el payaso
como una estridencia
ambigua, y era a un tiempo
manicomio, niñez, golpe contuso,
pesadilla y licencia.

Amábanlo los niños
porque salía de una bodega mágica
de azúcares. Su faz sólo era trágica
por dos lágrimas sendas de carmín.
Su polvosa apariencia toleraba
tenerlo por muy limpio o por muy sucio,
y un cónico bonete era la gloria
inestable y procaz de su occipucio.

El payaso tocaba a la amazona
y la hallaba de almendra,
a juzgar por la mímica fehaciente
de toda su persona
cuando llevaba el dedo temerario
hasta la lengua cínica y glotona.
Un día en que el payaso dio a probar
su rastro de amazona al ejemplar
señor Gobernador de aquel Estado,
comprendí lo que es
Poder Ejecutivo aturrullado.

¡Oh remoto payaso: en el umbral
de mi infancia derecha
y de mis virtudes recién nacidas
yo no puedo tener una sospecha
de amazonas y almendras prohibidas!
Estas almendras raudas
hechas de terciopelos y de trinos
que no nos dejan ni tocar sus caudas…

Los adioses baldíos
a las augustas Evas redivivas
que niegan la migaja, pero inculcan
en nuestra sangre briosa una patética
mendicidad de almendras fugitivas…

Había una menuda cuadrumana
de enagüilla de céfiro
que, cabalgando por el redondel
con azoros de humana,
vencía los obstáculos de inquina
y los aviesos aros de papel.

Y cuando a la erudita
cavilación de Darwin
se le montaba la enagüilla obscena,
la avisada monita
se quedaba serena,
como ante un espejismo,
despreocupada lastimosamente
de su desmantelado transformismo.

La niña Bell cantaba:
“Soy la paloma errante”;
y de botellas y de cascabeles
surtía un abundante
surtidor de sonidos
acuáticos, para la sed acuática
de papás aburridos,
nodriza inverecunda
y prole gemebunda.

¡Oh memoria del circo! Tú te vas
adelgazando en el frecuente síncope
del latón sin compás;
en la apesadumbrada
somnolencia del gas;
en el talento necio
del domador aquel que molestaba
a los leones hartos, y en el viudo
oscilar del trapecio…

Ramón López Velarde (mexicano; 1888-1921). En: Obras. Compilador: José Luis Martínez. FCE, México, 2ª. edición (aumentada), 1990.