Yeats y Pacheco

Política

~William Butler Yeats

En nuestro tiempo el destino del hombre presenta su significado en términos políticos.
–Thomas Mann

¿Cómo, con esa muchacha allí parada,
fijar mi atención
en política romana, o rusa,
o española?
Pero aquí hay un hombre viajado
que sabe de lo que habla,
y más allá un político
que ha leído y ha pensado,
y tal vez sea cierto lo que dicen
de la guerra y sus alarmas,
pero, ah, ser joven de nuevo
y tenerla entre mis brazos.

William Butler Yeats (1865-1939). En: Símbolos. Selección, traducción y prólogo de Juan Tovar. Ediciones ERA, México, 1977.

 

Mírame y no me toques

       ~José Emilio Pacheco

Mientras oro, grana y nieve
                  ornen vuestro cuerpo tierno…
                          –Francisco de Medina

¿Cómo podría explicar Las soledades
concentrarme en Quevedo
hablar de Lope
si en vez de alumnas
tengo ante mis ojos
[con permiso de Heine
y de mis clásicos]
la rosa       el sol          el lirio  y    la paloma?

José Emilio Pacheco (1939-2014). En: Irás y no volverás. FCE, México, 1973.

 

Schwartz y López

¿Se burlan de mí los otros, con malicia?

~Delmore Schwartz

“Como en el agua el rostro respondió al rostro,
así el corazón del hombre responde al hombre”.

¿Murmuran a mis espaldas? ¿Hablan
De mi torpeza? ¿Se ríen de mí,
Arremedando mis gestos, detallando mi pena?
Voy a rebelarme y denunciarlos, voy a decir
Que no tienen madre, que me han traicionado.
Que ya no son mis amigos, que no volveré
Jamás –aunque me los encuentre mil veces en la calle—
A reconocer sus rostros, a saludarlos,
Ni por los viejos tiempos o nuestro mutuo cariño.
Murmuraron a mis espaldas, me arremedaron.

Conozco sus motivos, yo también lo he hecho,
Cruel por el ingenio mismo, a la espalda de mi querido amigo,
Y para divertir, traicionando su amor privado,
La pena ansiosa de éste, el hábito de aquella y la debilidad de todos ellos;
Los he arremedado y traicionado,
Por el ingenio mismo, por diversión, porque su yo, durante un tiempo,
Eligió la mezquindad; para sentirme superior,
Para adular así, con la intimidad, a quien escuchaba.
Traicionando intimidad en intimidad,
Para librarme de la amistad necesitada,
Temiendo de vez en cuando que escucharan,
Que me lo reprocharan y me hicieran a un lado, que dijeran de una vez por todas
Que no me volverían a hablar, a saludar,
Hablando en nombre de nuestro mutuo cariño y de los viejos tiempos.

Qué cosa tan extraña, ciertamente
Amar a alguien e igualmente ser amado.
Qué tristeza y qué alegría. Qué crueles resultan
El orgullo y el ingenio que deforman el corazón del hombre,
Qué vanidoso y triste. Qué crueldad, qué necesidad,
Porque lo otro también es cierto y triste: yo los necesito
Y ellos a mí. ¿Qué le vamos a hacer? Necesitamos
De la torpeza de los otros, de su ingenio,
De la compañía de cada uno y de nuestro propio orgullo. Necesito un rostro
Que no tenga de qué avergonzarse, necesito mi ingenio, no puedo
Largarme. Conocemos nuestras torpezas,
Nuestras debilidades, nuestras necesidades; no podemos olvidar
Ni nuestro orgullo, ni nuestros rostros, ni nuestro mutuo cariño.

Delmore Schwartz (1913-1966). En: La cultura en México. Suplemento de Siempre! Octubre 11, 1978. No. 868. Traducción de Antonio Saborit.

 

Cinco amigos míos

~Jaime López

Cinco amigos, muy amigos,
cinco amigos de confianza,
cinco amigos entrañables,
cinco amigos de coraza,
cinco amigos íntimos,
cinco amigos míos, sí,
de repente se juntaron
a’i nomás a hablar de mí.

Uno con mis brazos se quedó,
otro fue feliz con mis dos piernas,
el pescuezo fue para el tercero,
el siguiente quiso la cabeza
y uno más toda mi ropa,
fue, quizá, la última cena.

Pues, total, que a fin de cuentas,
en la intimidad del cuarto,
por lo visto, mis amigos
creo que me destrozaron;
pero no se le ocurrió
a ninguno en esta sala
robarse el corazón
que es ahora quien les habla.

Jaime López (1954). En: Lírica. Ediciones Cal y arena, México, 1997.

El adiós

~Saadi

Aquel año, el mismo año que presenció la reconciliación del sultán Mohammed Kharezm con el rey de Kitha, entré en la principal mezquita de Kachgar y a poco de estar en ella advertí la presencia de una muchacha prodigiosamente hermosa.

“Tu nodriza te ha enseñado el arte de seducir y arrebatar los corazones –pensé–. Te ha enseñado la injusticia, la coquetería, la crueldad. Tal nodriza debió ser un hada; porque a tal punto eres bella que sólo un hada pudo ser tu nodriza”.

La adorable joven leía la gramática de Abul Khasem Mahmud, y repetía: “Zeid golpeó a Amr. El complemento es Amr”.

Yo le dije:

–Rosa mía, Kharezm y el rey Kitha han hecho las paces… La disputa de Zeid y Amr ¿ha de seguir aún?

Ella se rio. Luego se puso a interrogarme sobre el lugar de mi nacimiento.

–Nací en Chiraz—contesté–, la ciudad de tus hermanas, las rosas.

–¿Conoces las obras de Saadi? ¿Puedes recitarme alguna?

Yo improvisé:

Un detestable gramático me persigue, y me parezco a Zeid en su lucha con Amr. Nada consigo arreglando los pliegues de mi ropa: ella no se digna mirarme…¡Oh, rosa embriagadora! Preso estoy en tu cáliz. Yo no hago más que contemplarte, y tú sólo piensas en tu libro.

         A la mañana siguiente se acercó a la muchacha un camellero y le dijo:

–El hombre que hablaba contigo ayer no es otro que Saadi.

La vi llegar corriendo. Se arrojó a mis brazos y observé su tristeza, cuya causa era mi próxima partida. Oí su reproche:

–¿Por qué me has dejado ignorar quién eras?

Contesté:

–Estando tú presente, en modo alguno podía gritar: “¡Yo existo!”

Ella dijo:

–¿Te sería imposible pasar algunos días entre nosotros? Si supieras cuánto deseamos escucharte.

–No puedo quedarme—repliqué–, y vas a saber la causa. Se trata de cierto sabio a quien he visto en lo alto de una montaña; vive en una caverna y no desea otra morada. Le he dicho: “¿Por qué no vas a la ciudad? Olvidarías allí tus sufrimientos”. “En la ciudad—me ha contestado—abundan en demasía las muchachas bellas, las muchachas esbeltas. Y ya sabes que hasta los elefantes se deslizan muy bien sobre las rosas…”

Acto seguido besé los labios de la joven y partí, envuelto en la ardiente dulzura de la tarde.

¿Para qué besar la boca de la amiga antes de dejarla? La manzana se habría despedido de muchas manzanas, puesto que sus mejillas son tan rojas.

Saadi (siglo XIII). En: Saadi/Franz Toussaint, El jardín de las rosas. Traducido del persa. Versión castellana de la edición francesa por P. Matalonga. Editorial B. Costa-Amic, México, 1947. [Al final del libro, en su “Adiós al lector” dice Saadi: “El libro del Jardín de las rosas está terminado. Gracias a Dios, nada he tomado de otros escritores (deplorable costumbre de esta época). He procurado mezclar lo serio con lo gracioso, el vinagre de la moral con la miel del buen humor. Espero que la lectura te complazca. En todo caso, creo haber cumplido la misión que me impuse. Lector, ruega a Dios por mí. Implora perdón para el inhábil copista y pide para ti mismo lo que mejor desees. (Ciudad de) Chiraz, el último día de la primavera del año 656 de la Egira”.]