Cuadrilla

        ~Carlos Drummond de Andrade

Juan amaba a Teresa que amaba a Raimundo
que amaba a María que amaba a Joaquín que amaba a Lilí
que no amaba a nadie.
Juan se fue a Estados Unidos, Teresa al convento,
Raimundo murió en un accidente, María quedó para tía,
Joaquín se suicidó y Lilí se casó con J. Pinto Fernández
que no había entrado en la historia.

Carlos Drummond de Andrade (brasileño;1901-1987). En: Mundo, vasto mundo. Trad. Manuel Graña Etcheverry. Revisada y aprobada por el autor. Editorial Losada, Buenos Aires, 1967.

Mala memoria

        ~Gabriel Ferrater

La pared era de sillares enormes
y enjalbegada con cal azulada. La cama
(un gran armatoste, arreglado
con tablas de una caja de coñac)
arrimada a la piedra, era un caballo
de toros, que chorreaba las entrañas:
dos colchones de hoja de maíz, gris
el de debajo y rojo el de arriba,
mal cubiertos por la sábana tiznada
de polvo y de betún, pues los zapatos
no se cree que molesten para el amor
de precio más bajo. La muchacha que vendía
dentro de un alvéolo de aquel pueblo gótico
su cuerpo poco formado, rudimentario
como la plebe, muy antigua y muy moderna,
hablaba con acento “chava”, cosa triste.
Dice que se llamaba Victoria. Tenía
una foto de su novio, y sólo
dos suyas: una a los catorce años,
otra de pasaporte.
                              No sé qué hacer con ella,
como la barra de lacre que se nos viene a los dedos
cuando revolvemos un escritorio viejo,
en la alta noche, mientras se desgarra un gallo.

Gabriel Ferrater (catalán; 1922-1972). En: Mujeres y días. Seix Barral, Barcelona, 1979.

Nacientes llegamos a la playa

          ~Isabel Quiñónez

Nacientes llegamos a la playa, como el oleaje; los minutos rodaban limpiamente por la arena.
           Quisimos tomar agua de guanábana, pero bajo los toldos la rabia esperaba nuestras manos.
           Abrimos ese fruto. Con las semillas nuestra lengua se hizo oscura.
           Pero no soltamos esa compra amarga.
           Y la noche fue un ácido calor en la casa que el mar siempre ventilaba.
           Por todos los resquicios habían entrado moscos con violento deseo de picadura.
           Al hinchado silencio dimos nuestra piel. Secos nuestros ojos.

           En el cuarto apagado masticamos lentamente nuestra carne.
           Nosotros, que vivimos noches donde los astros habían vibrado humildes en la arena.
           El mar amaneció en despojada paz. Entre la maleza ahora se apartaban las abejas. Se deshacía la espuma lamentando.
           La vastedad de lo fugaz dolía en las olas. Nuestro tiempo iba a llegar hasta su orilla.

           Y la mañana gritaba quedamente en nuestros cuerpos.
           Ni siquiera forcejeamos al descuajarnos uno del otro.
           ¿Con cuál presentimiento, si nos habíamos calcinado?
           Y fue de sal la hora en que nos ofrendamos, derrotados, al día resplandeciente.

Isabel Quiñónez (mexicana; 1949-2007). En: Esa forma de irnos alejando. Universidad Veracruzana, Jalapa, México, 1989.