28 agosto, 2017

Sueños de angustia

       ~Jonathan Aron

Qué suerte tengo esta noche de sostener una linterna
en este cruce de trenes en medio de Estados Unidos
y no aferrarme a una balsa que hace agua en el Atlántico norte,
o andarme cayendo de un risco en Nepal porque mi soga se rompió.
Conforme las luces y el ruido del tren menguan y se extinguen,

puedo oir a mi esposa roncar en su almohada
y a los perros a ambos lados de nuestra cama roncar
en las suyas. ¿Qué es lo que hacía yo hace un momento?
Ya: trataba de acordarme del nombre del actor
que actuaba de Llanero Solitario en el radio.

En radio el Llanero Solitario siempre sonaba como agripado.
Clayton Moore hacía el papel en la televisión. Espero que Clayton
Moore y Jay Silverheels que salía de Toro, el indio y fiel compañero del Llanero, fueran amigos en la vida real. O al menos
que no sólo se tuvieran respeto.

Hey, quieto. Calma, muchachote, decía el enmascarado
para tranquilizar a su caballo Plata, que se asustaba a ratos,
pero al que siempre apaciguaba la voz de su dueño.
Un súbito rayo de luz a través de un hueco entre las nubes
dibuja el contorno de un ave de rapiña que planea. Se me ocurre

que el fuerte caballo pinto de Toro y que Plata eran como
el escudero de Gunnar Björnstrand y el caballero de Max von Sydow
en la vieja película de Bergman El Séptimo Sello.
Estoy en medio del siglo catorce
y apenas he puesto pie en suelo sueco

luego de veinte años malgastados en Tierra Santa.
Muy pronto una tercera parte de la población de Europa morirá de la Peste.
Nuestra cruzada fue tan tonta, me dice el escudero,
que sólo a un idealista pudo habérsele ocurrido.
El caballero se mira con fijeza la palma de la mano,

su pulso se acelera ante la perspectiva de jugar al ajedrez
con la Muerte. Un momento estoy junto a ellos,
al otro estoy solo encima de una duna empinada
que mira hacia el Báltico. Abajo, a lo lejos, dos caballos
caminan con las patas metidas en las aguas espumeantes, bajas.

Caballero y escudero yacen quietos sobre la arena, donde el hambre
y la fatiga debieron inducirles sueños de angustia.
Aparecen otros dos caballos, un árabe blanco seguido
de un pinto fornido. Los cuatro caballos se tocan las narices,  cabecean,
y bajan los hocicos hacia el agua nerviosa, imbebible.

 

Jonathan Aaron (estadunidense; 1941). En: The Paris Review, 176. Spring, 2006.

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25 agosto, 2017

Muerte de mujer

       ~Pere Rovira

Las mujeres dicen que se acaba
lo mismo que una vela. Lo dicen ante ella
sin piedad, con una risita
que piensan que es ternura y es desprecio:
hace ya muchos años que ven muertos en casa,
y es su modo de comprender
herencias de luto, el miedo al odio
que acribilla la tiniebla de una alcoba.
Ahora los hombres trabajan,
pero a la noche, irán llenando la sala
de palabras y humo. Su temor
parecerá indiferencia, y no entrarán a verla:
las mujeres deben morir con las mujeres.

Cuando te coge las manos y te las apriera
con esa débil fuerza de los pájaros,
haces como ellos, no quisieras mirar
esta cara de color de tierra,
los ojos que tienen vida aún para una lágrima,
pero te acercas a su voz
de cera goteante, y dice: “no, no sufras”,
como si ella y la muerte te pidiesen
perdó  por ser tan lentas.

En las novelas que ella misma, de niño, te contaba
alguien haría escribir con letras azules
sobre su tumba:
“Aquí duerme una mujer
que nunca se quejó”.
La novela del mundo es más brutal,
sobre todo si el que pierde
tenía la razón de la pobreza.
Ya es olvido este cuerpo.
                                           Hace cincuenta años,
sufría con la carne fuerte del amor y la rabia,
la afrenta del trabajo; y la esperanza
de una vida feliz la hizo creer
en el color de sangre en las banderas.
Jornales y humillación sólo ha ganado.

Ahora descansa. Es la primera tarde
en que no tiene ya que pensar en mañana.
Ha vuelto, esta vez ya para siempre,
del trabajo; ya está la cena al fuego, ya flamean
amplias banderas, limpias, y las sábanas
en la azotea. Esta noche
no habrá ella de quemarse los ojos bordando
ajuares para la novia. Ella es una mujer
que perdió dulcemente la peor guerra.

Tú recuérdala joven, con toda esa belleza
de odio puro, luchando con la injuria
que le espera. Nunca tuvo nada;
dale tú alguno que no quiera traicionarla.

 

Pere Rovira (catalán, 1947) . En: Esta luz de Sinera. Antología general de la poesía catalana. Selección, estudio y traducción de Carlos Clementson. Eneida, Madrid, 2011.

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24 agosto, 2017

Duda

       ~Miguel Guardia

Cerca de cada uno de nosotros hay alguien
a quien hemos conocido desde casi toda la vida,
pero cuya presencia, blanda ya por tanto tiempo,
sólo hemos entrevisto en unas manos solícitas,
en unos ojos llenos de ternura,
en el sonido afable de una voz, o en el ritmo peculiar
de unos pasos incansables a nuestro alrededor.
Un día, sin embargo, al fijar nuestros ojos un instante en los suyos
–sólo un instante más de lo que acostumbrábamos—,
su existencia nos ha tomado de sorpresa
y ha hecho nacer una pregunta sobresaltada:
“¿Quién es?”
Y se ha vaciado de pronto, lentamente;
se ha convertido en una cáscara que habla y que se mueve,
en algo que acciona en torno nuestro, y que nos observa,
mientras un delgado terror nos sobrecoge.

 

Miguel Guardia (mexicano; 1924-1982). En: La poesía mexicana del siglo XX. Antología. Nota, selección y resumen cronológico de Carlos Monsiváis. Empresas Editoriales, México, 1966.

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