9 octubre, 2017

Los mil poemas

Este blog cierra al llegar a su entrega 999. Desde un principio se propuso incluir, en cinco “tes” aliterativas, “Poemas de todos los tiempos, tierras, temas y tonos”. Se proponía también llegar a los mil poemas; hoy llega a su fin con el poema 999 para que quien lea el blog o lo haya leído complete la cuenta por su cuenta. O bien, para que siga abierto en un número que nunca acabe de cerrar en mil. ¿Por qué mil? Por una anécdota del poeta árabe Abu Nuwas, quien vivió en los siglos VIII y IX; murió en 810. El bloguero la ha fijado así:

Los mil poemas

De joven, el poeta árabe Abu Nuwas le pidió permiso a su maestro para escribir un poema propio.

—Cómo no —dijo el maestro—. Pero antes debes aprenderte de memoria o conocer mil poemas.

Abu Nuwas fue a aprenderlos y a familiarizarse con ellos. Cuando volvió, largo tiempo después, durante días y días pasó la prueba de repetir o mostrar que conocía los mil poemas. Al cabo le preguntó a su maestro si podía escribir ya un poema propio.

—Cómo no —dijo el maestro—. Pero antes olvida los mil poemas.

 

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6 octubre, 2017

El viejo payaso a su hijo

       ~Eliseo Diego

1
Avanza ya, hijo mío, desde el vano
donde los pliegues de la recia púrpura
ocultan la impudicia de las máquinas
—tan útiles, es cierto—, el abandono
de los grandes telones que han colgado
como pájaros muertos en el polvo; avanza
desde la sombra y haz tu reverencia
como si nunca fueses a volver.

2
Estás en medio de la luz: enfrente
se abre el enorme golfo de tinieblas
donde hay alguien sin duda que te acecha
con sus mil ojos ávidos. A veces
lo irás toser, reír como a hurtadillas,
estornudar quizás, estremecerse; nunca
lo vas realmente a ver. Inclínate,
pues, como caña al viento; pero cuida
bien el dibujo de la curva: todo
es arte al fin.

3
                           Y ahora,
¿qué vas a hacer? Te has escapado
definitivamente a mis desvelos, y casi
como si fuese yo también el leviatán sombrío,
te miro ir y venir entre las tablas, pero
con una irrestañable aprensión.
                                                   ¿Estás seguro
del peso de las bolas
que libraste a los aires?
                                          Y los peces,
quizás juzgaste mal su humor extraño
y cambien luego de color.
                                            Desastres,
minúsculas catástrofes, quién sabe
qué mas.
                   (El invisible
no tuvo ayer piedad.)

4
                                   Pero mañana,
cuando las viejas barran a conciencia
el poco de hoy que queda en las colillas
por todo el ancho espacio desolado
donde no hay nadie nunca: ¿importará
el trueno de la gloria o el silencio
del papel arrugado en una esquina
bajo el polvo de ayer? Nadie lo sabe.
                                    Y sin embargo,
es necesario hacerlo todo bien.

 

Eliseo Diego (cubano; 1920-1994). En: Nombrar las cosas. UNEAC, La Habana, 1973.

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       ~Mário de Andrade

                                     A Mário de Andrade
Maestro querido:
En las muchas horas breves que me hizo ganar a su lado hablaba usted de su confianza en el arte libre y sincero… No de mí, sino de su experiencia obtuve el valor de mi Verdad y el orgullo de mi ideal.
Permítame que ahora le ofrezca este libro que de usted me vino. Dios quiera y nunca lo perturbe la duda feroz de Adriano Sixte*…
Pero no sé, Maestro, si habrá de perdonarme la distancia que media entre estos poemas y sus altísimas lecciones. Déle su perdón al esfuerzo de quien usted escogió como único discípulo; aquel que en este momento de martirio con mucho miedo aún lo llama su Guía, su Maestro, su Señor.

Mário de Andrade
14 de diciembre de 1921
Sao Paulo

*Personaje de El discípulo (1889), la novela de Paul Bourget donde el joven de provincias Robert Breslou es acusado de seducir y asesinar a una joven por cumplir según él las enseñanzas de su maestro, el filósofo materialista Adrien Sixte, quien durante la novela se llena de dudas sobre su responsabilidad en el asunto.

 

Mário de Andrade (brasileño; 1893-1945). En: Poesias completas. Livraria Martins Editora, Sao Paulo, 1980. [Andrade puso este texto de portal en su primer libro de poemas,  Paulicea desvariada, 1922.]

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